¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Qué? ¿Quién?

Lo tenía. Tenía el comienzo de una nueva etapa de mi vida en la mente. Lo desarrollé. Lo envolví en un halo de sueño y realidad. Nada debía faltar, nadie debía faltar.
Comenzaba con un balcón abierto.
Ni ventanas, ni atalayas. ¡Balcones! ¡Balcones abiertos en todas direcciones!
Balcones al mar, balcones a la sierra, balcones al acantilado, al monte, al bosque, al despeñadero; balcones de par en par en cualquier dirección posible.
Un balcón  tal y como una Rosa de los Vientos.
Y en ellos seres queridos, seres olvidados, seres buenos, seres malvados: como yo, como tú, como aquél. Pero...
Había uno en especial que no recuerdo pese a verle dibujado total y entero. Era un gran dibujo. Merecido dibujo. Tenía honestidad, franqueza. Era armonioso. Ni guapo, ni feo; hermoso en su integridad. Como ése ser que no consigo recordar.
Tendía mis manos hacia él. Quería contagiarme de su íntimo ser, quería bañarme en su río de aguas cristalinas y empaparme de él.
Me dormí.
Cuando desperté ya no estaba.
Lloré.

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