Hola, qué tal
Sus chispeantes ojos azules se miraron en los míos.
Hola, me llamo Alejandro. ¿Y tú?
Elisa, y al unísono dijimos: la que está debajo de un almendro.
Resonar de risas.
Ayer lo volví a ver a su vuelta anual de Madrid.
Trás un largo y cálido abrazo. Las preguntas clásicas.
¿Y fulanito y perenganito, y Sofia y Pepa y Vicky.
Ya no les veo.
Yo tampoco.
Recordé que alguien me dijo, ¿por qué vas con éste? ¿No sabes que es esquizofrénico?
Sólo respondí: ¡Bendita esquizofrenia!
Para mis adentros pensé: a tí te haría falta una poquita.
Y al resto de los mortales también. No me incluyo porque dispongo de un grado.
Cuántos ratos inolvidables vividos. Cuántos riesgos corridos por amistad, por amor, por...Sí, porqué no decirlo, por compasión. y como se crecía y como disfrutábamos.
¿Te da miedo ir conmigo?-Preguntaba. Y aún sin tenerlas todas conmigo, le contestaba: ¿miedo a tí? ¿Por qué?
Hacía novio exigente. Gustaba de hacerse el señorito de buen gusto. A veces jugaba también yo a hacérselo creer. Era tan ingenuo, estaba tan necesitado de respeto.
Dejaba volar la imaginación y se veía en Berlín junto a su amante. Aquella cantante lírica y rockera que él tanto admiraba. Yo le interpretaba los textos y su alegría se desbordaba.
Lina Hagen. Su gran pasión.
A veces lo dejaba solo en casa con su música, atronando el barrio.
Cada año regresaba de Madrid diciendo que había expuesto sus cuadros y dando testimonio un pequeño catalogo. Nunca mentía. Imaginaba. Aférrimo del Ulises del dublinés James Joyce, y que para mí sigue si endo infumable, se expresaba eufórico sobre la lectura.
Mucha vida entre nosotros.
Jamás permití que la tristeza lo abordara. Cuando notaba que iba a caer, le proponía un paseo en coche; cosa que le encantaba y aquietaba. Como un bebé.
Cuando le ví el otro día, me alegré tanto de poderle abrazar.
Él seguía derrochando vivacidad y alegría con tal ingenuidad que me hizo volver a un ayer lejano en el espacio emocional.
Hola, me llamo Alejandro. ¿Y tú?
Elisa, y al unísono dijimos: la que está debajo de un almendro.
Resonar de risas.
Ayer lo volví a ver a su vuelta anual de Madrid.
Trás un largo y cálido abrazo. Las preguntas clásicas.
¿Y fulanito y perenganito, y Sofia y Pepa y Vicky.
Ya no les veo.
Yo tampoco.
Recordé que alguien me dijo, ¿por qué vas con éste? ¿No sabes que es esquizofrénico?
Sólo respondí: ¡Bendita esquizofrenia!
Para mis adentros pensé: a tí te haría falta una poquita.
Y al resto de los mortales también. No me incluyo porque dispongo de un grado.
Cuántos ratos inolvidables vividos. Cuántos riesgos corridos por amistad, por amor, por...Sí, porqué no decirlo, por compasión. y como se crecía y como disfrutábamos.
¿Te da miedo ir conmigo?-Preguntaba. Y aún sin tenerlas todas conmigo, le contestaba: ¿miedo a tí? ¿Por qué?
Hacía novio exigente. Gustaba de hacerse el señorito de buen gusto. A veces jugaba también yo a hacérselo creer. Era tan ingenuo, estaba tan necesitado de respeto.
Dejaba volar la imaginación y se veía en Berlín junto a su amante. Aquella cantante lírica y rockera que él tanto admiraba. Yo le interpretaba los textos y su alegría se desbordaba.
Lina Hagen. Su gran pasión.
A veces lo dejaba solo en casa con su música, atronando el barrio.
Cada año regresaba de Madrid diciendo que había expuesto sus cuadros y dando testimonio un pequeño catalogo. Nunca mentía. Imaginaba. Aférrimo del Ulises del dublinés James Joyce, y que para mí sigue si endo infumable, se expresaba eufórico sobre la lectura.
Mucha vida entre nosotros.
Jamás permití que la tristeza lo abordara. Cuando notaba que iba a caer, le proponía un paseo en coche; cosa que le encantaba y aquietaba. Como un bebé.
Cuando le ví el otro día, me alegré tanto de poderle abrazar.
Él seguía derrochando vivacidad y alegría con tal ingenuidad que me hizo volver a un ayer lejano en el espacio emocional.
Comentarios
Publicar un comentario