Carta a una amiga II
Vislumbro un ser que parecía perdido (y me temo que lo esté), pero que si calla, escribe con más intensidad.
También esta que escribe necesitaba aferrarse, asirse a un pasado (nunca más felíz que el presente, a pesar de echar miradas atrás). El don que a los humanos nos reconcilia con nosotros mismos es el de olvidar las penurias o repensarlas y girarlas para -como un caleidoscopio- darles otras tonalidades que en la pasión de los momentos en los que transcurren no somos capaces de ver.
Hay heridas que jamás sanan, de ahí que precisen de otro modo de ser miradas.
A eso, pienso se le llama crecer.
No olvidamos y perdonamos. Es la actitud de quién es consciente de su propio ser. Perdonar sin olvidar. Y aunque lo nieguen quienes no saben hasta que punto es posible que el alma se inunde de buena voluntad al contemplar las capacidades positivas y negativas propias y ajenas.
Hablando de no soportarnos pero de superarnos, he de decir que es sólo posible, no con el tan cacareado amor, sino con un profundo respeto y un sentido de la amistad sin fisuras.
No es esta, la que suscribe, la que te hace daño.
Toma el caleidoscopio. Ayuda con gran generosidad.
Y por supuesto, para que nada desestabilice el reencuentro de las almas te diré que en todo momento me pido la prime.
¡Qué trabajico cuesta aprender a controlarse! Por mi la primera y por ésta, mi compañera.
Querida amiga.
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