Noche de bodas en Granada..
No, no fue mi boda sino la de un conocido y a la que acudí con una gran amiga.
Ambas asistimos el tiempo necesario para no hacernos sospechosas de mala educación.
Una vez cumplidos con nuestros deberes y sin despedirnos, pues dormiríamos en el hotel del festejo, tendríamos más que tiempo para hacerlo a la mañana siguiente.
Ella, de madre granadina y yo de nacimiento, adorábamos la ciudad., su ambiente, sus monumentos,
sus tapas, ¿a qué negarlo?, también. De modo que salimos a recorrer la noche mágica de esa tierra agarena.
Cuando cansadas, pero alegres volvimos al hotel, no esperábamos lo que encontramos.
Desde las ventanas del hotel se veía una Granada iluminada con luces anaranjadas que le daban un carácter absolutamente medieval y lleno de embrujo.
No podíamos separar nuestras miradas de aquel panorama bello y enigmático a la par.
Fue abriéndose paso el día y allí estábamos. Clavadas en el sitio. Las palabras se hicieron prescindibles, mientras nuestros corazones, a ritmo lento y acompasado latían al unísono.
Y eso que la Alhambra la teníamos a la espalda y era del todo imposible verla.
A veces a grandiosidad está en el mirar lo pequeño.
Bendita la noche en que asistimos a aquella boda sin grandes ganas.
Superar la desgana se premia.
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