Despertar

No sabía qué le había despertado. En un gesto automático, prendió la luz de la mesilla de noche y cogió el libro que había dejado bajo la almohada y lo abrió por donde señalaba el separador de páginas que ella misma había diseñado. Era ancho, y en él, dibujado,  un burrito que le recordaba una y otra vez a Platero, con una margarita amarilla sobre su frente, la miraba.
Una frenada pertinaz rasgó el espacio. La mañana se había abierto paso sin que lo hubiese advertido.
Un color amarillento y turbio se asomaba por la ventana del dormitorio.
¡Qué color tan triste!- pensó, casi tan desazonador como su ánimo.
No se preguntó el porqué.
A su lado, una mole roncaba letanías.
Nada le quita el sueño a este hombre, se dijo para sus adentros. Y se enfrascó en la lectura.
No tardó demasiado en volverse a dormir.
Últimamente la lectura le servía para combatir el insomnio más que para distraerla o para aprender.
Todo le aburría, y lo que le gustaba no estaba a su alcance. Habían puesto la biblioteca en la quinta colina de las setenta que circundaban el pueblo.
¡Y venga cemento!
Antes estaba en el centro del pueblo, si al pueblo se le podía llamar pueblo y que tuviera un centro.
A veces pensaba que la gente de su pueblo adoptivo era como el mismo pueblo. separada por la carretera principal y repartida por las setenta colinas alrededor.
Lo que  lo mejor lo caracterizaba era la definición de "ciudad dormitorio."
Vaya despertar, se dijo. Esperemos que en el próximo se me ocurra cualquier tontería para, si no poder sonreír, al menos sentirme algo mejor conmigo misma. Porque este alma bendita a mi lado, si abre la boca, será para decir: ¿está el desayuno?
Sí, amor, te he preparado un zumito de cianuro.
¡Puf! ¡ Qué respiro!



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