España Eterna
Quizá debimos calificar a esa España como inmovil, pero no seríamos justos porque España es piedra, bosque, mar y río, acantilado. En una palabra, naturaleza retocada por los seres humanos. Al decir de España decimos de sus pobladores. Del hombre. Sin atajo feminista de la palabra.
¿Quién despotrica del país en sí mismo?
En realidad despotricamos de los hombres y mujeres que la pueblan. Y a más altas esferas sociales más aguda la crítica. Y con una razón clarividente, transparente y honesta.
Lo que se repite es la historia que los hombres reviven como si nada hubiera ocurrido digno de ser aprendido.
Lo hemos descalificado todo. El cante, el baile, la actitud de sentirnos libres, de serlo en el pensamiento y en el hecho sin saber delimitar que la libertad se goza cuando no se infiere en la del otro.
A eso se le llama democracia, y es lo más difícil de conseguir. Mucho más con el carácter latino, apasionado, e indómito que nos define, para bien y para mal.
Se hace cuesta arriba callar ante la política actual (véase la historia) y de siempre.
El acuerdo para el bienestar de los ciudadanos brilla por su ausencia.
Razones individuales o de partido marcan la existencia de un pueblo de cuarenta y siete millones de habitantes.
Hemos renegado de todo sin matices.
Ahora renegamos hasta del lenguaje.
Votaremos de nuevo porque ha sido arduo para muchas personas el hecho de que se les respetase. Y porque es un deber de ciudadano y a pesar de que estemos en total desacuerdo con los políticos y su modo de hacer política.
Es el pueblo el que debe sentirse por encima de la soberbia de los representados y hacerles ver su error dando ejemplo sin desfallecer.
¿Quién despotrica del país en sí mismo?
En realidad despotricamos de los hombres y mujeres que la pueblan. Y a más altas esferas sociales más aguda la crítica. Y con una razón clarividente, transparente y honesta.
Lo que se repite es la historia que los hombres reviven como si nada hubiera ocurrido digno de ser aprendido.
Lo hemos descalificado todo. El cante, el baile, la actitud de sentirnos libres, de serlo en el pensamiento y en el hecho sin saber delimitar que la libertad se goza cuando no se infiere en la del otro.
A eso se le llama democracia, y es lo más difícil de conseguir. Mucho más con el carácter latino, apasionado, e indómito que nos define, para bien y para mal.
Se hace cuesta arriba callar ante la política actual (véase la historia) y de siempre.
El acuerdo para el bienestar de los ciudadanos brilla por su ausencia.
Razones individuales o de partido marcan la existencia de un pueblo de cuarenta y siete millones de habitantes.
Hemos renegado de todo sin matices.
Ahora renegamos hasta del lenguaje.
Votaremos de nuevo porque ha sido arduo para muchas personas el hecho de que se les respetase. Y porque es un deber de ciudadano y a pesar de que estemos en total desacuerdo con los políticos y su modo de hacer política.
Es el pueblo el que debe sentirse por encima de la soberbia de los representados y hacerles ver su error dando ejemplo sin desfallecer.
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