Una noche especial
Se habían casado por poderes.
Ella de las Islas Canarias, y él, no recuerdo de donde, vivía en un pueblito alemán exiliado.
Ella morena y regordeta, vivaz y deslenguada. Él, flaco cual don quijote, de pelo rubio claro y
pelo ralo, era un hombre amable y bondadoso. Sus ojos azules y lacrimosos parecían expresar todo aquello que tanto sus labios como su alma callaban. Y debía ser mucho, mucho.
Los conocidos y compañeros del exilio, le habían convencido de que se casase por poderes.
Los compañeros, bien intencionados, pero muy lejos de comprender el alma de aquél hombre
lograron aquella unión, y se decía que estaba más contento. Lo que no pretendo negar en absoluto.
Suponiendo que así fuera, él nunca exhalaba queja alguna de ella. A lo sumo una sonrisa conmiserativa.
No podían ser más distintos. Ella dicharachera y no muy bien hablada. Él callado, pasaba entre todos ellos desapercibido.
Según me contaron, una noche decidieron ir a la ópera. La dama en cuestión, comenzó a dar consejos de comportamiento y ropaje a todo el grupo. Lo extraordinario vino después.
Cuando tuve la ocasión de conocerla, me llevé una gran sorpresa. Había oído hablar mucho de ella y esperaba ver a una mujer poderosa, alta.
Cuando se levantó de la mesa en cuyo alrededor se hallaban reunidos como tantas otras veces, me quedé sin aliento. Su cabeza erguida y bien peinada disimulaba a la perfección su estatura.
Era tan pequeña que me costó creerlo.
En algún momento de la reunión comenzaron las bromas y los chistes.
Entre ellos no pudo faltar la anécdota de la noche de la ópera. Las carcajadas, la de ella incluida, junto a la sonrisa conmiserativa del esposo hablaron de sus ronquidos en aquella noche memorable.
Y es que se había quedado dormida.
Claro que ya lo habrán deducido, si es que alguien lo ha leído.
Ella de las Islas Canarias, y él, no recuerdo de donde, vivía en un pueblito alemán exiliado.
Ella morena y regordeta, vivaz y deslenguada. Él, flaco cual don quijote, de pelo rubio claro y
pelo ralo, era un hombre amable y bondadoso. Sus ojos azules y lacrimosos parecían expresar todo aquello que tanto sus labios como su alma callaban. Y debía ser mucho, mucho.
Los conocidos y compañeros del exilio, le habían convencido de que se casase por poderes.
Los compañeros, bien intencionados, pero muy lejos de comprender el alma de aquél hombre
lograron aquella unión, y se decía que estaba más contento. Lo que no pretendo negar en absoluto.
Suponiendo que así fuera, él nunca exhalaba queja alguna de ella. A lo sumo una sonrisa conmiserativa.
No podían ser más distintos. Ella dicharachera y no muy bien hablada. Él callado, pasaba entre todos ellos desapercibido.
Según me contaron, una noche decidieron ir a la ópera. La dama en cuestión, comenzó a dar consejos de comportamiento y ropaje a todo el grupo. Lo extraordinario vino después.
Cuando tuve la ocasión de conocerla, me llevé una gran sorpresa. Había oído hablar mucho de ella y esperaba ver a una mujer poderosa, alta.
Cuando se levantó de la mesa en cuyo alrededor se hallaban reunidos como tantas otras veces, me quedé sin aliento. Su cabeza erguida y bien peinada disimulaba a la perfección su estatura.
Era tan pequeña que me costó creerlo.
En algún momento de la reunión comenzaron las bromas y los chistes.
Entre ellos no pudo faltar la anécdota de la noche de la ópera. Las carcajadas, la de ella incluida, junto a la sonrisa conmiserativa del esposo hablaron de sus ronquidos en aquella noche memorable.
Y es que se había quedado dormida.
Claro que ya lo habrán deducido, si es que alguien lo ha leído.
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