No debí dejar que...

Devoro la comida como la ansiedad me devora a mi. Quién lo diría. ¿Donde está el deleite con el que suelo acompañar el rito de la mesa?
El diente postizo, ¡malhaya el diente postizo! se pasea por mi boca. Mejor dicho,  mi lengua inquieta no le da tregua. Pequeñas llagas acá y acullá llenan la cavidad bucal de malestar. Si lo intuía, ¿?
Probar, experimentar. Abandonar mi instinto tiene un precio. No nací para lo artificial. Prueba de ello la han dado tías, tíos, mi propia madre. Ella tan presumida supo que no se habituaría a nada postizo en su boca. Del resto del cuerpo no hablo. Más de lo mismo. Seguro.
Si toda esta inquietud la provoca un diente. ¿Qué será, será cuando lleguen otras piezas dentales?
No las habrá. No estoy dispuesta a soportar semejante castigo.
Creí haber superado complejos, pero esto de regresar a la niñez tiene muchísimos inconvenientes, porque con ella regresa lo bueno y lo menos bueno.
Quizá, sólo sea un mal día. Si bien se viene gestando desde la llegada del puñetero diente con más intensidad.
¿A qué engañarme? Es cíclíco, y el diente acelera y prolonga el proceso.

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