De las llamadas
Causalmente sonó el teléfono. Era Christa. Mi querida amiga Christa.
Había oído mi llamada sin voz, pero latente entre los pensares en ella de los últimos días.
Charlamos, de su cáncer, de su vida en común con un italiano. Ella siempre la misma, con su mal y buen decir. Jamás se rinde sin decir la última palabra. Y a pesar, sigue siendo aquella entrañable amiga de tantos años ha. Su dureza hacia los demás es la misma que empleamos todos hacia nosotros mismos aunque ésta sea como más tenue, o la perdonemos mejor.
Sonó el teléfono. No sé si la voz estaba distorsionada o era mi oído, aunque hasta hoy no me quejo de como funciona. Mi oído.
-¿Quién es?
¿Es la sede de Podemos? Y...cómo siendo tan inteligente se puede pertenecer al partido del coletas?
-Dices del profesor?
Nada, que me he jubilado y he pensado en a quién podía molestar.
-Pues no has interrumpido nada.
Lo siento.
Y habló, habló, habló.
Entre su inagotable verborrea tras años de lejanía y silencio, su auto loa, su desprecio por todos y cada uno, iba dejando caer perlas que citaré si mi disco duro me lo permite.
He de aclarar que, en lo que en mi interior bullía, no le hacía bien a mi misma, pero aquí lo dejo.
La cascada comenzó a caer inexorable.
No, no voy a repetir lo que dijo, pero lo convertiré en un resumen estricto.
Improperio tras improperio para su ex mujer, para la hermana, para el cuñado, para el otro cuñado. No, no voy a enumerar las obscenidades y groserías que soltó durante más de dos horas.
Se salvó una, de diez y añadió más parientes cercanos. Nadie, ni yo misma, salió ileso. Si bien lo mío no fue tan grosero. Tal vez le pareciera dejarlo para otra ocasión.
Él sólo quería mirar por su hermana, por su hijo, por su otra hermana. Lo que le llevó a la amenaza y amenaza en unos apartes. En fin, lo recuerdo y el estómago se revuelve. Al poco tiempo la compasión se abrió camino en mi mente. Mi corazón, a cambio, se quedó mudo de fraternidad.
Sonó el teléfono.
¿Es ahí donde se pertenece al partido de Podemos?
Mira niño, ¿ a ti quién o qué te dice a qué partido pertenezco? ¡ No tengo partido alguno al que pertenecer en mi vida ! ¿Lo tienes claro? Y ahora dime, QUÉ QUIERES.
Pues mira, no, no y no voy a ir a tu casa. Si quieres que te haga la receta o te la doy o compras los ingredientes y te vienes a que te la haga aquí, en mí, casa. La puedes hacer tú mismo. Le doy la receta a pesar de sus constantes interrupciones. Y no, no tengo voz ya para cantarte rancheras, ni pendrive para grabarte canciones.
Si te puedo ayudar en lo que sea me lo dices y ya te diré si me viene bien el momento. Y ahora permite que te deje. Hay un amigo que está intentando chatear conmigo.
Vale. Te dejo.
Hasta otra, hermano.
Había oído mi llamada sin voz, pero latente entre los pensares en ella de los últimos días.
Charlamos, de su cáncer, de su vida en común con un italiano. Ella siempre la misma, con su mal y buen decir. Jamás se rinde sin decir la última palabra. Y a pesar, sigue siendo aquella entrañable amiga de tantos años ha. Su dureza hacia los demás es la misma que empleamos todos hacia nosotros mismos aunque ésta sea como más tenue, o la perdonemos mejor.
Sonó el teléfono. No sé si la voz estaba distorsionada o era mi oído, aunque hasta hoy no me quejo de como funciona. Mi oído.
-¿Quién es?
¿Es la sede de Podemos? Y...cómo siendo tan inteligente se puede pertenecer al partido del coletas?
-Dices del profesor?
Nada, que me he jubilado y he pensado en a quién podía molestar.
-Pues no has interrumpido nada.
Lo siento.
Y habló, habló, habló.
Entre su inagotable verborrea tras años de lejanía y silencio, su auto loa, su desprecio por todos y cada uno, iba dejando caer perlas que citaré si mi disco duro me lo permite.
He de aclarar que, en lo que en mi interior bullía, no le hacía bien a mi misma, pero aquí lo dejo.
La cascada comenzó a caer inexorable.
No, no voy a repetir lo que dijo, pero lo convertiré en un resumen estricto.
Improperio tras improperio para su ex mujer, para la hermana, para el cuñado, para el otro cuñado. No, no voy a enumerar las obscenidades y groserías que soltó durante más de dos horas.
Se salvó una, de diez y añadió más parientes cercanos. Nadie, ni yo misma, salió ileso. Si bien lo mío no fue tan grosero. Tal vez le pareciera dejarlo para otra ocasión.
Él sólo quería mirar por su hermana, por su hijo, por su otra hermana. Lo que le llevó a la amenaza y amenaza en unos apartes. En fin, lo recuerdo y el estómago se revuelve. Al poco tiempo la compasión se abrió camino en mi mente. Mi corazón, a cambio, se quedó mudo de fraternidad.
Sonó el teléfono.
¿Es ahí donde se pertenece al partido de Podemos?
Mira niño, ¿ a ti quién o qué te dice a qué partido pertenezco? ¡ No tengo partido alguno al que pertenecer en mi vida ! ¿Lo tienes claro? Y ahora dime, QUÉ QUIERES.
Pues mira, no, no y no voy a ir a tu casa. Si quieres que te haga la receta o te la doy o compras los ingredientes y te vienes a que te la haga aquí, en mí, casa. La puedes hacer tú mismo. Le doy la receta a pesar de sus constantes interrupciones. Y no, no tengo voz ya para cantarte rancheras, ni pendrive para grabarte canciones.
Si te puedo ayudar en lo que sea me lo dices y ya te diré si me viene bien el momento. Y ahora permite que te deje. Hay un amigo que está intentando chatear conmigo.
Vale. Te dejo.
Hasta otra, hermano.
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