Tormenta

Eran las ocho y treinta y dos minutos de la mañana. La luz relampagueante se filtró a través de sus párpados aún cerrados. Inmediatamente después, el trueno resonó en el espacio gris del recién comenzado día. Abrió los ojos. El sonido del agua era asaz vivo. Pensó en dar las gracias, sin saber muy bien a que dios ( o diosa aunque apenas se hable de ella) de los muchos que, los hombres, sin gran esfuerzo, inventan para disfrazar su impotencia ante las miles de incertidumbres que pululan por sus mentes.
Se envolvió en las sábanas tibias y cerró de nuevo los ojos. Es día de acurrucarse y vagar con la imaginación por remotos lugares...  Y como no podía ser de otro modo, con la esperanza de que los fuegos que amenazaban Galicia, Portugal y Asturias fuesen apagados por el dios de la lluvia. Y en estos pensares andaba cuando see envolvió en el calor de su propio cuerpo y cerró otra vez los ojos.
Si fuese sensato le tendría miedo a las manifestaciones de la Naturaleza, pero a decir verdad pensó, que a quién le temía mucho más era a los mismísimos hombres capaces de incendiar bosques y asesinar a otros hombres. Después se entregó a una dulce duermevela en la que se entreveraban las sutiles notas de un adagio.

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