Ellos, ellas y la vida.
Era alto, delgado y feo a rabiar. Una nariz aguileña y un tupido bigote, no ocultaban su fealdad.
Manuel Arevalo, pensaba, que su torva mirada, sobre cualquier cuerpo de mujer, pasaba desapercibida. A la suya la trataba como criada, e incluso llegó a pegarle. Su intelecto (era maestro), no la salvó, a ella, de la mala condición de aquél mal hombre al que le gustaban todas. Según él decía.
Su esposa, una mujer muy hermosa, se enamoró de otro, se divorció y se fue a vivir con su amante.
A este, también le gustaban todas. Acabó divorciándose y casándose con ella. Él.
Era lo que se dice un buen mozo. Alto, un poco relleno, pero sin llegar a la gordura, y simpático y vividor como pocos. Dejó a la esposa para irse con una mujer de esas que llaman de la mala vida.
Según él, era muy buena en la cama.
Ella, viuda de un militar, tenía tres hijos con el militar.
Se fueron Miguel Fuertes y ella a viajar y a vivir. Los hijos de ella se quedaron con la abuela, los de él con su mujer.
Nunca vi mujer más fiel. Él le regalaba joyas que ella aceptaba sumisa y sin una sonrisa, salvo un apagado gracias y una mirada indescriptible. Al menor contratiempo, él, se iba y se divertía por esos mundos olvidándose de ella.
Tras muchos años, ella murió y él no tardó en líarse en otras faldas de otra viuda.
Ahora ella era la que se iba al menor contratiempo.
Supo sacudirse a todas las amigas y conocidas de él de años.
Como él estaba bien situado económicamente, lo dejó todo bien atado. Ella.
A él le gustaban todas.
La última lo manejó bien a él que murió unos pocos años después.
Ella apenas duró sola unos meses.
Manuel Arevalo, pensaba, que su torva mirada, sobre cualquier cuerpo de mujer, pasaba desapercibida. A la suya la trataba como criada, e incluso llegó a pegarle. Su intelecto (era maestro), no la salvó, a ella, de la mala condición de aquél mal hombre al que le gustaban todas. Según él decía.
Su esposa, una mujer muy hermosa, se enamoró de otro, se divorció y se fue a vivir con su amante.
A este, también le gustaban todas. Acabó divorciándose y casándose con ella. Él.
Era lo que se dice un buen mozo. Alto, un poco relleno, pero sin llegar a la gordura, y simpático y vividor como pocos. Dejó a la esposa para irse con una mujer de esas que llaman de la mala vida.
Según él, era muy buena en la cama.
Ella, viuda de un militar, tenía tres hijos con el militar.
Se fueron Miguel Fuertes y ella a viajar y a vivir. Los hijos de ella se quedaron con la abuela, los de él con su mujer.
Nunca vi mujer más fiel. Él le regalaba joyas que ella aceptaba sumisa y sin una sonrisa, salvo un apagado gracias y una mirada indescriptible. Al menor contratiempo, él, se iba y se divertía por esos mundos olvidándose de ella.
Tras muchos años, ella murió y él no tardó en líarse en otras faldas de otra viuda.
Ahora ella era la que se iba al menor contratiempo.
Supo sacudirse a todas las amigas y conocidas de él de años.
Como él estaba bien situado económicamente, lo dejó todo bien atado. Ella.
A él le gustaban todas.
La última lo manejó bien a él que murió unos pocos años después.
Ella apenas duró sola unos meses.
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