Ellos, ellas y la vida 2
Si llegaba al uno sesenta, ya iba bien servido.
De cara pequeña, nariz poderosa, y cejas más que bien pobladas y rebeldes, ojillos de siempreviva, y un carácter de mil pares, engendró-no se conoce bien el número exacto- entre catorce y dieciséis hijos. De ellos llegué a conocer nueve. Mi madre incluida.
Ella, algo, pero no mucho más baja que él, los alumbró. A los catorce o a los dieciséis.
Contaban, que los hombres le tiraban la capa al suelo, para que su pie se posara en ella. En la capa. Tan guapa era.
Se decía de él que a todas la veía hermosas, y acequibles...
A las mujeres. ¡Qué obviedad!
Alguna vez siendo niña, pude constatar alguna que otra vez que, lo que de él se decía, podía ser cierto. Por ejemplo con las dependientas. Si se subían a la escalera...
Con las muchachas de la casa nunca vi nada.
Se rumoreaba que una de ellas, de las muchachas, volvía con los cántaros rotos, porque tras ella, por la escalera, subía él.
Ante las quejas de la esposa por la escabachina de los cántaros, ella le dijo: !señora, la culpa es de su marido, vaya, de don Emílio!
Voz en off: Con lo chiquitín qué era.
Era preferible, eso sí que sí, tenerlo como aliado.
Trabajador impenitente, la vida le dio unos hijos varones vagos, remolones, vividores y señoritos.
Para hacerlos trabajar, no tuvo ya ni pudo reunir las suficiente energía para levantarlos de aquella indolencia de juergas hasta altas horas de la madrugada.
Ella los esperaba cabeceando ante el balcón en su sillón.
Al menos, se fue, viendo el fruto de sus esfuerzos aún intacto. Lo que vino después ya le importaba un ardite.
Lo despidió-cuentan- todo el pueblo y hasta de otros aledaños.
Su epitafio debería haber rezado:
Don Emilio: retírese de debajo de la escalera, sé bajar sola.
De cara pequeña, nariz poderosa, y cejas más que bien pobladas y rebeldes, ojillos de siempreviva, y un carácter de mil pares, engendró-no se conoce bien el número exacto- entre catorce y dieciséis hijos. De ellos llegué a conocer nueve. Mi madre incluida.
Ella, algo, pero no mucho más baja que él, los alumbró. A los catorce o a los dieciséis.
Contaban, que los hombres le tiraban la capa al suelo, para que su pie se posara en ella. En la capa. Tan guapa era.
Se decía de él que a todas la veía hermosas, y acequibles...
A las mujeres. ¡Qué obviedad!
Alguna vez siendo niña, pude constatar alguna que otra vez que, lo que de él se decía, podía ser cierto. Por ejemplo con las dependientas. Si se subían a la escalera...
Con las muchachas de la casa nunca vi nada.
Se rumoreaba que una de ellas, de las muchachas, volvía con los cántaros rotos, porque tras ella, por la escalera, subía él.
Ante las quejas de la esposa por la escabachina de los cántaros, ella le dijo: !señora, la culpa es de su marido, vaya, de don Emílio!
Voz en off: Con lo chiquitín qué era.
Era preferible, eso sí que sí, tenerlo como aliado.
Trabajador impenitente, la vida le dio unos hijos varones vagos, remolones, vividores y señoritos.
Para hacerlos trabajar, no tuvo ya ni pudo reunir las suficiente energía para levantarlos de aquella indolencia de juergas hasta altas horas de la madrugada.
Ella los esperaba cabeceando ante el balcón en su sillón.
Al menos, se fue, viendo el fruto de sus esfuerzos aún intacto. Lo que vino después ya le importaba un ardite.
Lo despidió-cuentan- todo el pueblo y hasta de otros aledaños.
Su epitafio debería haber rezado:
Don Emilio: retírese de debajo de la escalera, sé bajar sola.
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