Hay un fluir que...

 He llenado los diarios que escribo de fantasmas con los sentimientos que deseo y que sin ellos tiempo ha que habría dejado de existir. Cuando los fantasmas desaparezcan ya no seré yo.
El trino de los pájaros aumenta el silencio matinal cuyo eco se extiende por el pueblo chocando con el albor de los muros. 
El mar tan cercano, en su absorta impavidez semeja un lago azul pálido. Parece que no existiese la vida en él: tanta calma mortal flota en la mañana. 
Lleva horas agudizando el oído para descubrir que está viva, que lo que la rodea no es un sueño.
Se palpa con las manos heladas su cuerpo que está caliente. Sus dedos ateridos. Hay vida aún. Mucha vida en las oquedades de ese cuerpo que tan extraño le resulta a veces. Una vida en un cuerpo que ha emprendido, incomprensiblemente, el camino de la vejez.
Un gemido incontrolado brota de su boca ya ajada en sus bordes. Se lleva la mano a los labios en un gesto mecánico que parece significar la detención del tiempo mientras, su cabeza se alza sorprendida al comprender ese gesto. Su vasta intencionalidad.
¿Desde cuando, se pregunta, importa el tiempo?. Para responderse: según la mente diera. Desde que notaste las señales reveladoras, dice su cuerpo.
El silencio traiciona la mente. 
Sí, decididamente, es el silencio que rodea la mañana el que la envuelve en pueriles y tontas cavilaciones, y decidida se dice, sí, es el silencio. Levanta la mirada hacia el cielo y enérgica dirige sus pasos al salón. Sus manos accionan el botón de la radio La música suena balsámica a través de los altavoces. Solo l a voz interior retorna al silencio revelador. Pero la vida recobra cierto sentido y de improviso, ya no recuerda nada de lo que pensaba hacía solo un momento.
Vivir. Solo vivir es lo que importa.

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