Canto a la luna

Cuánto ha que no te nombro, Luna, 
que no te pronuncio. 
Como si las manos que se entrelazaban bajo tu luz de plata,
 se hubieran mirado en el negror de los espejos nocturnos.
 Sin ti. 
Ya tampoco ellas.
 Aquellas manos.
Aquellas manos: revuelo de faldas y palomas.
Palpitantes
Aquellas manos,
 al abrigo de tu resplandor blanco,
 hoy desnudas de lascivia,
 haraposas de artritis. 
Torpes, torpes, torpes para la caricia.
Sí, demasiado tiempo ha
que no te pronuncio, Luna.
Todo es destiempo.

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