Evolución - involución -impavidez

He roto varias veces los diarios que escribo.
Veía en ellos la incapacidad de evolucionar que me aquejaba.
Sigue ahí, viva, como si jamás nada ni nadie la hubiese perturbado.
No queda otra que entregarse a ella. Como un daño colateral inevitable. Como un silencio roto.
Un trozo de papel, ha caído en mis manos. Dudo de que sea casual.
Aún creyendo que hay un destino que juega al amigo invisible conmigo. (Iba a decir con nosotros. Los seres humanos, pero sería una mentira. Hablo de mi en primera persona del singular. Y ya está).
En el papélito ponía lo que sigue:
"A las nueve de la mañana, tomando ese oro negro tan preciado, oigo ensimismada el silencio. Solo algunos trinos lejanos y variopintos se intercalaban con él.
Una voz interior me decía, describe ésta sensación de ausencia humana. Y era grata. Apenas se habían perfilado dos lineas escritas sobre la blancura del papel cuando un humano dió señales de su presencia en forma de motor rugiendo desaforado. Los platos en alguna vecindad semejaban haber sido agitados por la cola del diablo. Alguna paloma voló con desacostumbrada celeridad, huyendo quizás, del mundanal ruido en el que se había convertido
el cercano entorno. un teléfono se apuntó a la caótica orquesta.
Segundos después, como haciéndose eco de mi deseo de calma, tornó el silencio.
Pasaron los minutos. ¿O debería decir segundos otra vez?
El coche amarillo chillón de la vecina francesa, se separó de su estacionamiento en propiedad. Seguidamente uno, otro y otro autos, como orquestados por la misma batuta, fueron rellenando el crucigrama de las calles cercanas bajo la atalaya.
Adiós, amigo. Adios. Good By, silencio, adiós.

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