De la culpabilidad
Esa burbuja inquietante - que no aleteo de mariposas - que se aposenta en el estómago y aparece una y otra vez creando en el interior un recelo inascible, una controversia sin palabras. Se llama culpa y se siente sin remisión. No importa si está bien hecho o mal hecho lo que se haya hecho. Ella, la burbuja, es toda movimiento circular. No encuentra salida para explotar y asegurar la desaparición efectiva y total.
Nos fue inoculado aquél pecado original sin antídoto para muchas muchísimas generaciones, como nos fue inoculado el sacrificio por cualquier motivo sin motivo.
Y sin embargo, obrar bien con nosotros mismos es una ardua tarea que debemos justificar ante quienes ni siquiera conocen la palabra justificación.
Hemos de justificarnos por cada decisión. Incluso por la más acertada de todas las decisiones que tomamos, por el sencillo hecho
de que hemos de ser condescendientes.
Entre las secuelas de una dieta espiritual unidireccional, como a la que fuimos sometidos, y lo son y lo serán sometidas generaciones presentes y venideras, está la condescendencia, la tolerancia sin matices o, lo que también se podría denominar la aceptación sin posible evaluación. Resumiendo: porque lo digo yo y basta.
¡¡¡Ay, ay ay de las palabras, de las imposiciones imperceptibles!!!
¡Ay!
Cuando queremos darnos cuenta, nos han alejado y aislado como a un leproso por el sencillo acontecer de la no sumisión, por el "no ghuana, no es correcto aunque esté muy extendido". "O, a mi ghuana, no me parece que esté bien".
Tantas injusticias se han perpetuado en el tiempo. Tantas palabras se han utilizado para decir: sí, acepto, a pesar de que, de lo que se trate sea inaceptable.
Es lo que tiene el pensamiento dirigido en una sola dirección.
Negar ese pensamiento conlleva la soledad, la lucha, la incomprensión. Y duele. Y dolerá. Pero el teatro de la vida debe continuar.
Nos fue inoculado aquél pecado original sin antídoto para muchas muchísimas generaciones, como nos fue inoculado el sacrificio por cualquier motivo sin motivo.
Y sin embargo, obrar bien con nosotros mismos es una ardua tarea que debemos justificar ante quienes ni siquiera conocen la palabra justificación.
Hemos de justificarnos por cada decisión. Incluso por la más acertada de todas las decisiones que tomamos, por el sencillo hecho
de que hemos de ser condescendientes.
Entre las secuelas de una dieta espiritual unidireccional, como a la que fuimos sometidos, y lo son y lo serán sometidas generaciones presentes y venideras, está la condescendencia, la tolerancia sin matices o, lo que también se podría denominar la aceptación sin posible evaluación. Resumiendo: porque lo digo yo y basta.
¡¡¡Ay, ay ay de las palabras, de las imposiciones imperceptibles!!!
¡Ay!
Cuando queremos darnos cuenta, nos han alejado y aislado como a un leproso por el sencillo acontecer de la no sumisión, por el "no ghuana, no es correcto aunque esté muy extendido". "O, a mi ghuana, no me parece que esté bien".
Tantas injusticias se han perpetuado en el tiempo. Tantas palabras se han utilizado para decir: sí, acepto, a pesar de que, de lo que se trate sea inaceptable.
Es lo que tiene el pensamiento dirigido en una sola dirección.
Negar ese pensamiento conlleva la soledad, la lucha, la incomprensión. Y duele. Y dolerá. Pero el teatro de la vida debe continuar.
Comentarios
Publicar un comentario