Pasatiempo sin más

El éter vierte un color verdoso sobre los tejados rojos de la ciudad que, aletargada entre el día que lentamente desaparece, sin que le afecte el venir o no venir de la noche que, perezosa se hace esperar.
Salvo el eco lejano de una radio que emite música <brasiléira, > nada hay en las calles adyacentes, que indique vida.
Las luces se encienden desganadamente, como si les costara un gran esfuerzo el hecho automático de brillar. Y mientras, el cielo, va retomando su habitual color azul.
Por el oeste, la claridad del día,  ya en su fase terminal, se resiste a abandonar este pedazo de tierra en el que, me ha sido otorgado el don de vivir.
Hacia el este, tres pesqueros en perfecta alineación vierten la luz de sus potentes faros sobre la superficie de la aguas, ya negras de la mar.
Un can protesta como dolorido. Apenas audible para el oído humano, la tapa de un cubo de basura, se ha cerrado. Deben ser muy sensibles las orejas del perro.
No sé que me trae a la memoria aquella máquina de escribir antigua de mi padre. "Wolworth"-creo que se llamaba o algo parecido. Será por el sonido de las teclas al golpearlas. No se puede decir que aquellas teclas pudiesen ser acariciadas. El espacio que ocupaban - hondo-  hacían imposibles una caricia, de modo que era imprescindible apretar con denuedo hasta hundirlas. No querían obedecer mansamente al escribidor. Testigo de ello era la irregularidad en el tinte de las letras sobre el papel. Algunas incluso quedaban expuestas a la imaginación o a la deducción del lector. ¡Qué diferencia con los teclados actuales, a los que apenas hay que rozar con las yemas de los dedos y aún así se nos repiten las letras al menor descuido.
A lo mejor he asociado el sonido de la tapadera del cubo de basura con aquél otro sonido de la máquina de escribir.
Regreso al papel, sobre el que baila inquieta la luz de una vela. (Resulta muy grato su atenuado balanceo). La sombra de la mano que escribe se aquieta un momento para contemplar el espacio ya negro del cielo y en el que tililan una asombrosa, por desacostumbrada, cantidad de diminutas estrellas.
Un pequeñísimo insecto revolotea alrededor de la llama sin temor alguno, y un poco más allá, en la luz anaranjada de un neón se lee la palabra HOTEL y acuden a la mente retazos de una canción:
"no crece flor alguna en este lugar, ni un sólo árbol se ve a lo largo y ancho del espacio, tan sólo la luz de un hotel que se llama Hotel Soledad...(Versión alemana de corazón roto) Break heart o similar.
He perdido de vista al insecto, pero bajo la leve tela de mi pantalón, un doloroso escozor hace que me rebulla sobre el asiento. Quiero distraer el picor, pero me obliga a ir al baño y refrescar en lo posible la picazón. Se hace difícil de creer lo que un diminuto ser es capaz de infringir. Empapo un algodón en alcohol y lo aplico a la zona afectada. ¡Madre mía! Tres o cuatro verdugones y pompas blanquecinas han aparecido sobre la parte exterior de mi muslo izquierdo.  Una gran mancha rojiza en la que la sangre pugna por brotar, me deja sin habla. ¿Cómo es posible?- me pregunto. luego pienso en las enfermedades que algunos mosquitos producen y dejo de frotar.
(Acabo de recordar el nombre en inglés de la canción a la que hacía mención más arriba. The Heartbreak-Hotel. El hotel de los corazones rotos, vaya).
A pesar de que he continuado escribiendo sobre el papel, he pensado que no es imprescindible continuar con ello. Sería excesivo hasta para mí, comprender las asociaciones de ideas que relato en él. De modo que, aquí termina por ahora ésta historia que en nada se asemeja a la obra de Michael Ende en la que hace referencia al gran esfuerzo que realiza un chaval para que la magia no desaparezca del mundo.
NO VERDADERAMENTE, ESA ES OTRA HISTORIA. ESA OTRA ES LA PRECIOSA: HISTORIA INTERMINABLE.
















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