Estaba yo...
Entre pequeños ayes, y gemidos cortitos, que se escapan sin querer, voy leyendo el libro que me dejó mi amiga Eva y, que también tiene pequeños ayes o muy grandes, y cortitos gemidos pero también más largos, sin que por ello falten frases de un gran humor. Un humor lleno de ayes, diría yo.
Y como me estaba entrando tan al fondo, casi donde residen otros dolores intangibles en mi cuerpo como son los de la globalización, los imperios, los adioses, la loa los dioses y otras cosillas más que voy descubriendo a la vez que quitándome el sombrero y subrayando casi todas y cada una de las páginas, pues, me han inspirado esas sus frases sencillas, tan sencillas como intensas, las de ese gran escritor ¡ay! que se dice Benedetti, de nombre Mario y que mi amiga creía que conocía (al libro me refiero), pero que no, ¡ay! que no lo conocía y, en la atalaya pensando en ella con cada frase, sintiéndome hermanada con ella y con él, con el desprecio que sienten uno y otro y otra que soy yo, por la tortura, y no hablo de mis dolorcillos de nada, pues, me he lanzado a ese abismo de lo imposible, que no de la utopía como el bien dice, porque creo en ella y abomino de lo imposible, como me ha dado en este momento por decir y que digo porque lo acabo de aprender de él. 'Ay, qué grande es y que hermosa mi amiga que quiere que nos reencontremos en las páginas de este libro, en los lugares y ciudades más poéticas y mira, ¡ay! lo está logrando con total y total totalidad.
¡Ay como te quiero Eva!. Y este ay nos es de: jolín qué pinchazo.
Tenía que escribirlo, darle salida como a todos los ayes que parecen menguar si los saco de mi entre estas lineas.
Y aunque no pasa nada, le pongo a este hablar por hablar una palabra que dice:
FIN
Y como me estaba entrando tan al fondo, casi donde residen otros dolores intangibles en mi cuerpo como son los de la globalización, los imperios, los adioses, la loa los dioses y otras cosillas más que voy descubriendo a la vez que quitándome el sombrero y subrayando casi todas y cada una de las páginas, pues, me han inspirado esas sus frases sencillas, tan sencillas como intensas, las de ese gran escritor ¡ay! que se dice Benedetti, de nombre Mario y que mi amiga creía que conocía (al libro me refiero), pero que no, ¡ay! que no lo conocía y, en la atalaya pensando en ella con cada frase, sintiéndome hermanada con ella y con él, con el desprecio que sienten uno y otro y otra que soy yo, por la tortura, y no hablo de mis dolorcillos de nada, pues, me he lanzado a ese abismo de lo imposible, que no de la utopía como el bien dice, porque creo en ella y abomino de lo imposible, como me ha dado en este momento por decir y que digo porque lo acabo de aprender de él. 'Ay, qué grande es y que hermosa mi amiga que quiere que nos reencontremos en las páginas de este libro, en los lugares y ciudades más poéticas y mira, ¡ay! lo está logrando con total y total totalidad.
¡Ay como te quiero Eva!. Y este ay nos es de: jolín qué pinchazo.
Tenía que escribirlo, darle salida como a todos los ayes que parecen menguar si los saco de mi entre estas lineas.
Y aunque no pasa nada, le pongo a este hablar por hablar una palabra que dice:
FIN
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