La llegada
Cuando él abrió la puerta, ella le esperaba vestida con su mejor lencería francesa, peineta y mantilla blancas, altos tacones del mismo color que el sujetador y coulotte, malva oscuro con bordados de varios colores. Ambos cabían en un puño. En una coqueta bandeja, sostenía dos copas de martini con aceituna y cereza escarchada. La sonrisa de ella le llegaba de oreja a oreja. Él cogió la copa y bebiéndosela de un solo trago exclamó muy serio- ¡Qué cosas tienes! Ella quiso tirarle su copa a la cara, pero se contuvo. Al fin y al cabo ella era toda una señora.
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