El conserje y la justicia

 No era un feo corriente. Su fealdad era algo más profundo. Era feo de solemnidad como suele decirse. Su ligeramente deformado cuerpo, su caminar algo desestabilizado. No, nada esto influía más en su deformación. Era como una luz tenebrosa que irradiaba todo él. 
Hipócrita y fullero despreciaba a todo aquél o aquella que no jugara su juego.
También tenía sus fieles seguidores. Con ellos era todo mieles y carantoñas.
Cuando no se sentía observado era cruel con los niños, cosa que las madres ignoraban, o no. Los recogía del colegio casi todos los días aprovechando que iba por los suyos. Hacía favores y recados. A ninguno de sus partidarios le importaba que fuera en horas de trabajo. Él compraba personas y vendía favores en beneficio propio. Ante la más mínima crítica a su trabajo se convertía en el peor y más enconado enemigo puesto que no tenía sentido ninguno de la justicia.
Lo adornaba también el hecho de ser un correveidile de cuidado. Un perla con todas las de la ley. Era el dueño y señor de la comunidad.  Con los propietarios que venían sólo de vacaciones , y eran muchos, se deshacía en favores y halagos de modo que ellos depositaban los votos para la junta de vecinos en sus manos. Algunos vecinos honestos, veían en la comunidad el fiel reflejo de un país corrupto.
Desesperados los nuevos propietarios no duraban mucho y se iban. Así quedó el pozo de los desesperanzados y de los privilegiados a los que todo, legal o ilegalmente, les era concedido.
Así, como muchos dictadores y déspotas, moriría jubilado y en su cama.
Nunca se haría justicia con los honestos vecinos, o tardaría mucho aún; demasiado para algunos propietarios ya entrados en años.
Recordaban a Pinochet y a Franco.
Era exactamente como ellos. Un lobo disfrazado de cordero para los que pensaban libremente.

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