Entre sueños y vigilia


 Levántate Amelia

Pensaba, pensaba y repensaba en aquél pedazo de cielo sobre su balcón sobre su cabeza durante el mediodía durante la noche y pensaba que era un pedazo especial el que pendía sobre su cabeza contemplando su color cuando cerrando los ojos para ensimismarse en la maravilla del rojo intenso o abriéndolos en la tarde casi anocheciendo del tono azul azabache viendo la Cruz del Sur en verano o el rojo atardecer de los otoños la luna rosa o blanca que amanecía de un tamaño deslumbrante en aquella profundidad del éter que a la par podía tocar con las manos lo que hacía posible penetrar en recuerdos mil veces nuevos por revividos que como decía Nietzsche eran vivirlos dos veces en su caso una y otra vez apenas se ponía a pensar o sin desearlo las imágenes se repetían las de aquél tío gordo e inocentón con su parte oscura que sin saberlo le hizo odiar a alguien por primera vez o aquél que se decía su amigo o amigo de la familia que falso buscaba en ella lo que a sí mismo se negaba en un extraño sacrificio católico y cristiano para con su novia lejana pero no olvidada en aquella lejanía impuesta por una opacidad de carencia material y una obsesiva complacencia de mártir y tantos otros en ya pasadas experiencias y la suya como un no pensar cuando recordaba sin venir a cuento en tantas cosas que jamás había expresado en voz alta también ella contagiada de aquél concepto tan falto de humanidad como era el sufrir aguantar en silencio victimas de una religión y de una falta de fuerza de voluntad dependiendo solo de algo que alguien decía que estaba escrito en un libro en lo alto de aquél cielo que hacía tanto se complacía en contemplar libre ya de tanto destino incierto si bien a veces pareciera que el recuerdo quisiera adueñarse de su libertad de su elegida soledad que, como humana que era, pesaba un rato sobre ella para pasar otra vez de largo dejándola detenerse en la alegría que en los últimos tiempos ha llenado su vida habiéndose entregado en cada momento a vivirla sin más anhelo que saludar cada hora cada día cada minuto envidiando a veces a otros que se daban a viajar por el mundo y conformándose que no resignándose a viajar ella con la imaginación, asombrándose de lo poco que necesitaba para vivir con plenitud sin necesidad de comprar música porque podía oírla en las redes o en la radio o en la tele tantas cosas poseía quizás demasiadas porque el ser humano posee una enorme capacidad de adaptación y se sorprendía tanto de poseer tanto y a la par desear otra cosa más por momentos que pasaban raudos dejando un mal sabor de boca y recobrándose se decía que cada cual pensara y viviera como quisiera pues solamente eran lapsus de persona consentida mimada por la vida sabiendo que en el soñar todo podía lograrse como tantas personas habían dado testimonio de grandes aventuras sin abandonar jamás su pueblo su aldea su casa y en peores circunstancias que las suyas bastándoles entregarse a sus fantasías habían llegado al más profundo de los mares, habían escalado las más altas montañas habían viajado por los cinco continentes conociendo formas de vida que todas esas personas abrasadas por poseer más y más se dejaban convencer por reclamos tontos como pequeños bichos sin voluntad establecidos en una vida casi tan aburguesada como la suya porque sería falso manifestar que ella no tenía aquellas mismas incapacidades en mayor o menor grado fuera de lo imaginado, de modo que aprovechó el momento aquél de lucidez que al acostarse apareció en su mente y se dispuso a obviar el sopor y a alejarse de su comodidad para expresar lo que estaba pensando dejando brillar el azul azabache del cielo en sus pupilas dilatadas por una magnifica sensación de cumplida y satisfecha decisión. Qué momento tan perfecto pensó deteniendo aquellos pensares para sumergirse en el día que imaginaba azul con toda la fuerza inventiva de que era capaz mientras sonaba el teléfono y oía la voz de Juan Valera con sus acentos de todos los pueblos del mundo...

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