Las gaviotas

 La luna, velado su brillo por una tenue neblina, se colaba por las ventanas de la casa orientada al sur. Se despertó con un graznido de gaviotas. O eso le parecía. En realidad no dormía. Mas bien se hallaba en un estado de duermevela, por eso le causó extrañeza aquel sonido. Se levantó y prestó atención. No, no podía asegurar que fueran gaviotas. Se sumaron varios sonidos de animales, el zureo de un palomo, algo similar a quejido de unos perritos recién nacidos, ladridos muy lejanos. La fauna estaba inquieta. Como ella. La noche se presentaba larga. En el mar los marineros dejaban ver sus luces anaranjadas unas y blancas otras. Sus reflejos en el agua calma espejeaban ocres. El camión de la basura con su acostumbrado ruido quebró el embrujo. Se retiró de allí y se dirigió a la cocina a beber un vaso de agua.
Tenía la sensación de ser espiada, observada. No lo podía definir. Como si una sombra la rondase. Aquella percepción la había tenido muchas veces en su vida. A veces tan cercana que casi susurraba: papá, papá.
Esa palabra la tranquilizaba alguna vez, pero otras simplemente la desazonaban.
Tornaron los animales a dejarse oír. Se dirigió a una de las ventanas de nuevo y oteó afuera. La sangre se le heló en las venas. Una extraña procesión de sombras quejumbrosas subían la empinada cuesta sin dejar de mirar hacia sus ventanas. Miró hacia el este. Las ventanas de la casa de al lado estaban a oscuras. Casi sin aliento comenzó a retroceder para alejarse de la ventana cuando la voz de Alonso dijo, Pero que...Lanzó un alarido de horror y bañada en sudor se sentó de golpe en la cama. 
¿Por qué gritabas? 
Era tan real, era tan real. No era capaz de decir otra cosa.



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