El secreto de Naturaland

 "Cuando en el agua yo escriba
y en el papel naden peces"...

Sonaba aquella canción en la radio y que tanto le gustaba cuando perdió el sentido. Despertó llena de estupor rodeada de montañas nevadas cuyas cimas resplandecían bajo la luz de un sol abrasador. Miró en derredor, ni un alma en muchos metros a la rotonda. Su vista alcanzó un valle lleno de verdor y con extraños montículos en su amplia área. Se dispuso a descender. Miró sus pies y su atuendo. No recordaba aquellas prendas en su vestimenta: botas de montaña, calzones, pelliza, camisa a cuadros de franela. En fin, parecía salida de un cuento del año de María Castaño. Comenzó el descenso al valle con la esperanza de hallar a alguien que le prestara ayuda. Bajó y bajó hasta llegar al valle extenuada y sin apenas fuerzas.
Una extraña muchacha de cara redonda y cuerpo redondo la miraba con una sonrisa tan llena de dientes que pensó, solo le falta la cola y parecería el gato de Alicia en el país de las maravillas. Espero que no me lleve en busca de la Reina Roja.
Debes estar hambrienta.
Bastante. ¿Cómo te llamas?
Alicia, para servirte.
Me llamo,.. pero no recordaba su nombre.
No te preocupes, dijo Alicia, suele pasar a los recién llegados.
¡Ah!, ¿pero viene mucha gente por aquí?-
Y de toda laya, respondió la aludida. Por favor, sígueme. Y se dirigieron a uno de los montículos que había observado desde la montaña. Estaban cubiertos de hojas multicolores como las que lucen los árboles en el otoño. Alicia abrió una puerta puerta mimetizada totalmente con el montículo y que ella nunca habría podido encontrar. La chica que más que caminar rodaba, le dirigió una de sus sonrisas.
¿No me digas que aquí hay Trolls y por eso ocultáis las viviendas?
¡Oh, no! - dijo Alicia, es sólo una cuestión de adaptación al medio.
Pues lo habéis logrado. Es precioso.
Era increíble la amplitud interior. Se dirigieron a la cocina donde había preparado un menú digno de un rey. Recordó las palabras de su madre: "come en tu casa como en casa de un rey y comerás en casa del rey como en tu casa". Pero su nombre seguía sin recordarlo. Aurora, le vino a la mente. ¿Aurora?
Por favor, siéntate. Ahora vengo. 
No le pareció oportuno comenzar a comer sin la chica, si bien su estómago se quejaba con unos ruiditos vergonzosos. No te preocupes oyó una voz que no era la de Alicia.
¿Ernesto?
Con una sonrisa de oreja a oreja, Ernesto se sentó a su lado invitándola a comenzar lo que no se dejó repetir. Comió y comió como si no hubiera comido en su vida. Ernesto la miraba divertido.
Cuando hubo terminado miró a Ernesto con ojos que no expresaban alegría precisamente.
Mucho me temo que padezco de una clase de Alzheimer, pensó. Recuerdo a este hombre, las palabras de mi madre, si es que eran de mi madre y sigo sin recordar mi nombre.
Se te pasará dijo Ernesto como si hubiera leído su pensamiento.
¿Eres un brujo?
Para tu concepto occidental, algo parecido, dijo Ernesto muy serio.
Pues para no ser occidental te portaste como uno de ellos. ¿Qué era tan acuciante para no acudir a la cita, que por cierto fue iniciativa tuya?.
Comprendo tu enfado, pero de veras me fue imposible. Estuve allí y te dejé una nota. ¿No te la entregaron?
Entonces ¿lo de andaluz era una broma?.
En cierto modo. Soy un ciudadano del mundo. Al fin y al cabo como tú. ¿O no es así como te sientes?
En este momento me siento como esa chica que me ha recibido. Como Alicia en el país de las Maravillas. ¿Y cómo se llama este lugar?, ¿y yo? ¿ sabrías decir mi nombre? respondió ella con otras preguntas. 
Tu nombre es Amelia y lo que recuerdas de Aurora es tu tía Aurora, hermana de tu padre. Guisaba de maravilla, añadió el tal Ernesto. Quizá por eso la hayas relacionado con ella al ver las viandas.
Tiene sentido, pensó Amelia, pero hizo como si no se hubiera dado por aludida e insistiendo dijo, ¿Y éste lugar, cómo se llama si es que tiene un nombre?
Naturaland.
Y tú, ¿te llamas de verdad Ernesto Varea?.

Le dolía todo el cuerpo. Estaba en el suelo de la cocina. La canción seguía sonando.


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