Laberintico

Con paso decidido, la muchacha se dirigió a la cafetería y empujando la puerta entro. Recorrió con la mirada el local y sin vacilar tomó asiento al lado de una mujer. Ésta levantó los ojos del libro que leía y preguntó a la chica- ¿Qué  hace usted?
-Que pregunta más tonta, me siento en la silla libre ¿ No lo ve? Se hace en el extranjero.
- Lo veo, lo veo. Eso está bien, pero supongo, que en el extranjero, preguntan antes si se puede.
-¡Oh sí! Así es. Perdone. ¿Puedo? Me educaron bien, sabe, pero estoy derrengada y los zapatos me están matando. Por cierto, me llamo Pepa. ¿Y usted? -dijo desenvuelta.
-Me llamo Amelia. y lo entiendo, a mi también me ocurre a veces y la verdad es que me vuelve loca, y añadió, mi amiga  Elena diría que la mujeres siempre estamos al borde de un ataque de nervios, como la en la película de Almodóvar. Si no llevásemos tacones. La frase se quedó en el aire. Pepa sin dejarla terminar exclamó-  ¡Qué casualidad, yo también tengo una amiga que se llama Elena. Imagina- añadió pasando al tuteo alegremente, imagina que fuera la misma.
-Chica, ni que hubiera nada más que una Elena en el mundo.
-En el mundo seguro que no, pero en este pueblo en el que se conoce todo el mundo.
- Que exageración, yo no conozco a mucha gente, pero me has intrigado; ¿ Cómo se apellida tu amiga?
-Castaño Piedrahita.
-Pues va a ser cierto. Con esos apellidos no habrá muchas.
-Ahora que caigo, tú ibas  a La Mínima y muchas veces con Elena. Si no fuera como las locas por ahí te hubiera reconocido.
-Creo que no te he visto nunca, peo sí iba a La Mínima. Como olvidarla, era mi segundo hogar.
-El subconsciente me ha traído a tí.
-No será la poca vergüenza, matizó bromeando Amelia.
-Eso también, rio Pepa y mírame me bien. Peinado distinto, color de pelo y unos kilitos perdidos...
-Perdidos o quitados de encima continuó Amelia con sorna.
Pepa soltó una carcajada tal que todas las cabezas del local se volvieron hacia ella con gesto adusto.
-Ni que hubiera matado a alguien comentó.
-Me encanta tu risa y se unió a Pepa con otra sonora carcajada. 
-¿Ves mucho a Olga?
-Una sola vez la vi tras el cierre de la librería. Le pongo de vez en cuando mensajes que ella siempre responde, pero no, no la he vuelto a ver.
Como viejas conocidas repasaron recuerdos y anécdotas sobre los cantantes o grupos de música, poetas, cursos y un largo etc.
-Qué pena que cerraran.
-Tuvieron que cerrar apostilló, Amelia. La avaricia del dueño del local y la indiferencia por la cultura de la alcaldía dieron al traste con sus sueños y los de mucha gente.
Pasó la tarde y con ella llegó la hora de la despedida.
-Me lo he pasado divino- dijo Pepa.
-Gracias, yo también.
-A ver si quedamos.
-Cuando quieras. Amelia odiaba aquella costumbre de quedar que nunca se relizaría, pero había aprendido a no alterarse por ello. Media hora más tarde llegaba a casa.
No volvió a ver a Pepa.

-
                                                                      - 2-

Pero, ¡¿que ha pasado aquí.!?
Recorrió el piso. Una luz azulada lo alumbraba todo. Sala de estar, salón, dormitorios: todo.
Una muchacha etérea y envuelta en luz se desvaneció ante sus asombrados ojos.
<<Qué es esto? Todo reluce y brilla. Muebles, espejos, cristales. Como si un equipo de limpieza hubiera pasado por aquí>>.
-Amelia se pasó el día cavilando sobre aquel suceso sin lograr explicación alguna.
Pensó en la cajita de Javier. <<Qué locura, no puede ser>>. A Elena no le iba a contar nada,  <<va a pensar que no estoy bien de la cabeza y con razón; yo misma dudo de mi estabilidad mental>>. Si aquello continuaba así pensaba acudir a la psicóloga. Aunque si lo pensaba detenidamente, nada de lo que sucedía la hacia infeliz. Era como si viviera en una constante ensoñación. Sintió que sus piernas se aflojaban y cayó, cayó, cayó.
Aquello le resultaba familiar. La cabaña espaciosa estaba rodeada de bosque. De algunos árboles colgaban luces de diferentes colores. <<Buena idea para orientarse.- pensó>>. Y ya no intentó preguntarse nada. <<Que ocurra lo que debe ocurrir>>.
Salió y contemplo el entorno. Un lago silencioso y profundamente verde se extendía a pocos metros de la casa. Comenzaron a caer unas gotas de lluvia. Las contempló extasiada concentrando su atención en el suave sonido que emitían sobre el agua. Si es un sueño, es un sueño maravilloso. Se pellizcó. ¡Ay! Si te pellizcas en sueños ¿dolerá? y volvió a escuchar aquella melodía de las gotas de lluvia en el lago. Más tarde regreso a casa. No se había mojado nada. Miró en derredor, sentía hambre.
Un leve sonido en la puerta le anunció la llegada de alguien. Entró una joven delgadísima y hermosa. Llevaba una cesta con viandas y frutas que colocó con esmero sobre una mesita de cocina. Y volviéndose a Amelia dijo: estarás hambrienta y continuó, no he podido llegar antes.
Amelia callaba.
-Pones la mesa, por favor- dijo la chica.
Como robotizada Ameliz puso la mesa añadiendo dos velas.
-Qué detalle- dijo la recién llegada sentándose a la mesa. Y añadió ¿vas a comer de pie?
Amelia se sentó. Estaba más hambrienta de lo que pensaba. La chica comió con voracidad. Amelia la imitó.
-Que rico estaba todo.
Amelia guardó un obstinado silencio ante el que la chica no mostró ninguna reacción. Y levantándose de la mesa se despidió con un breve hasta mañana. Y salió.
Amelia puso orden y se dispuso a leer. Había visto algunos libros en algún lugar de la cabaña.
Leyó: " Él soñaba con el tiempo/ hundido hasta los cabellos..."
<<Ella, debiera decir.>>. pensó intentando sumirse en la lectura.
Cuando regrese a casa telefonearé a Javier.
Pasaron unos días. La chica volvía con viandas y desaparecía después sin hacer preguntas  ante el mutismo de Amelia que durante el día daba largos paseos y nadaba en el lago sin mojarse nunca.
La verdad es que vivir así es delicioso. No tengo que ocuparme de nada salvo poner algo de orden. No tengo que pensar en qué hacer de comer hoy. Esa pregunta tan penosa para cualquiera. La chica se ocupaba de dejar lo necesario hasta que volvía con más deliciosos manjares cada día. Amelia no podía precisar las horas ni el tiempo. Nada tenía lógica. Y aunque la hubiera tenido la lógica no formaba parte de sus capacidades matemáticas. La matemática menos aún, de modo que desistió de plantearse como había llegado hasta allí, ni quién ni como la habían traído. 
Un día cualquiera despertó con los silbos de los mirlos y los grititos guturales de los gorriones como día
a día lo hacía en su cama. Y allí es donde estaba. De pronto pensó: la chica del bosque se parecía a su amiga Lourdes como una gota de agua a otra y recordó <<era la misma que había visto aquí, en esta casa y que se había esfumado ante su atónitos ojos.

..."No vas tú por el río,
es el río el que anda detrás de ti
Buscando tu reflejo
Buscando en ti el reflejo
Mirándose en tu espalda....
(Ángel González)


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