La llamada
Quizás debería decir las llamadas telefónicas, pero a decir verdad nunca sabré si...
Tomaba una taza de café en el balcón y miraba ensoñada el contraste de azules entre cielo y mar cuando sonó el teléfono.
-Ya se cansará- se dijo-. No le apetecía cogerlo. Seguro que era algún medio de telefonía deseando engañar a otro incauto. Pero quienquiera que fuese no cejaba en su empeño. Malhumorada se dirigió adonde estaba el aparato y casi gritó. ¡Diga!
-Hola Amelia- dijo una voz para, renglón seguido decir -estás muy guapa con ese vestido.
-Hola, quién eres. Tu voz no me suena.
-Has tardado mucho en coger el teléfono teniéndolo tan cerca - continuó la voz como si nada.
-¿Le conozco? Preguntó Amelia y pensado a la vez "debe conocer mi casa". Porque lo cierto era que tenía el teléfono prácticamente a unos pasos.
-Aún no-dijo la voz con un tono entre misterioso y divertido.
-Entonces, cómo sabe mi nombre.
-Me lo acabas de decir tú.
Amelia colgó el auricular con un golpe seco. El teléfono volvió a sonar.
-¡Haga el favor de dejarme en paz!- dijo furibunda.
-¿Un mal día hoy? Era su amiga Elena.
-Ay, Elena, perdona, bichito. Acaba de telefonear un graciosillo y me ha puesto de los nervios.
-Qué pena de nosotras las mujeres, siempre estamos al borde de un ataque de nervios.
-Tú también andas graciosa ¡eh! ¿Qué querías?.
-Qué iba a querer. Charlar un rato con mi mejor y más preciada amiga.
-Vaya, vaya, ¿y ese lenguaje tan relamido?
-¡Relamida, yo! Cómo se nota que te han sacado de tus casillas.
-Tienes razón, perdóname; tú nunca hablas así. Relamida quiero decir. Es que esa llamada me ha desquiciado.
-¡No me digas,,, ¿Algún familiar? poseen el preciado don de hacernos perder los estribos de vez en cuando -dijo Elena con soterrada sonrisa.
-¿De vez en cuándo? -repitió Amelia riendo a su vez, olvidada ya de la impertinente llamada.
-Así me gusta -comentó Elena-.. Ya ha vuelto mi amiga de siempre con nuestro T:O.C.
-¡Ah, pero tú también tienes un TOC. No lo sabía.
-Todos tenemos un TOC con la dichosa familia, pero muchos no lo saben. Ríó de nuevo Elena. Además, yo lo disimulo mejor que tú. Tú eres más salvaje.
-Salvaje yo...Ya quisiera verte por un agujerito cuando te enfrascas por esos mundos donde no puedo verte.
-Cómo me conoces amiga.
- Pero si no me conozco ni yo. A ti, ni te cuento. Y mira que insisto, pero cá.
-Vale, vale, fierecilla, brujita, vamos a dejar los TOCs, los TACsacs y las filosofías baratas. Te llamo porque quiero que nos veamos el miércoles de la semana que viene. ¿Qué te parece? ¿Estarás libre?
-Uhm, déjame ojear la agenda, miércoles, miércoles....! Las páginas vacías de mi agenda dicen que sí. Y añadió- ya ves, estoy con cada día que pasa mas sociable.
Sonaron unas risas ambarinas.
-Bien- dijo Elena, quedamos el miércoles. Te recojo a la una y media y vete pensando en donde quieres comer.
.Será donde queremos. Pero que haya espetos.
-Donde queramos. Y sí, los espetos me encantan-respondió Elena.
-¿Quisiera saber que es lo que no te encanta cuando de comer se trata, Carpanta.
-Pues entonces hasta el miércoles.
-Ya lo estoy deseando, mi niña. Adiós.
-Adiós, Amelia, adiós.
Amelia volvió al balcón y se enfrascó en un crucigrama.
Se levantó un viento frío.
-Qué cosa más rara-pensó. <Pero si hace un momento hacía calor. Y luego dicen los politicastros que no existe el cambio climático y -continuó- ya estamos otra vez con nuestros soliloquios. No aprenderé nunca. Creo que me voy a ir para adentro. Siento frío en Junio>.
Dicho y hecho, Dirigió sus pasos hacia la sala-salón-de-estar. <Dos en uno, como las mentirosas ofertas de los supermercados>.
Al encender el ordenador sintió un escalofrío. Tuvo la sensación de que alguien la observaba. <¡Qué paranoica estoy!> <Seguro que ya estoy imaginando>, cuando, un aliento helado sopló en su nuca.
<Madre mía, pero te quieres tranquilizar, Amelia, -se dijo. No dejes que un imbécil te amargue el día. Y tratando de restarle importancia recordó en voz alta: Casimiro, Casimiro, anda y vete a jugar.
Cuando Alonso aún vivía con ella, llamaban así a su "fantasma" casero. Por entonces, bastaba que algún mueble crujiera, o algo sonará para que dijeran casi a la par ¡Casimiro pórtate bien y deja de gruñir!
Cuántas risas compartidas al principio, y cuántas lagrimas y lágrimas a solas después. Y sumida en sus recuerdos - continuó: <así es la vida, o mejor dicho, lo que hacemos de ella>. Y comenzó a leer algunos escritos cortos y opiniones de amigos y amigos de sus amigos en Facebook.
Volvió el calor a su cuerpo y se olvidó de todo.
Aquella noche durmió inquieta. Extraños seres aparecían y desaparecían en sueños ora risueños ora amenazadores. La noche le pareció eterna.
Los días transcurrieron dejando paso al miércoles. Elena llegó puntual.
Se abrazaron como siempre.
-¡Qué tal estás!
-Bien, de maravilla, ¿ y tú?
-No me puedo quejar. ¿Has pensado dónde vamos a comer?
-En El Estribo, ¿Qué te parece? Nos gusta a las dos.
-Ah, qué bien, me parece estupendo.
-Pues arreando que es gerundio.
-¿Dónde está mi Gerúndina, tarareó Elena, aquellaaa guitarra cantaron las dos.
-Madre mía, qué recuerdos me trae esa canción-dijo Elena.
-Pues anda que a mi.
Se pusieron en marcha.
Comieron, rieron, bebieron y pasaron las horas como en un suspiro. Siempre les ocurría lo mismo. Amelia quería pensar que a ambas. Pues claro so tonta- dijo Elena como si le hubiera leído el pensamiento. Y se abrazaron una vez más.
- Lo hemos vuelto a lograr, ¿eh?
- Sí, lo hemos hecho, amiga.
-Hasta pronto.
-Eso espero. Adiós y gracias.
Elena arrancó de nuevo el auto.
-Adiós, mujer salvaje.
-Adió bichito de luz, musitó Amelia mientras saludaba a Elena hasta que el coche desapareció de su vista. <Estoy feliz> se dijo a sí misma.
-2-
Era por lo menos la cuarta vez que releía a "Paradox Rey, de Pio Baroja. Iba justo por el momento en que se reunían para acordar su nombramiento cuando sonó el teléfono.
-Dígamelo todo. Era una forma, su forma jocosa de contestar al teléfono cuando estaba alegre.
-¿ De veras deseas saberlo todo?
Se quedó sin poder decir ni una palabra.
- La voz prosiguió. Que bien os lo pasasteis el otro día en El Estribo, ¿verdad? ¿Te gusta el libro que estás leyendo? ¿De qué trata?
Amelia colgó.
El teléfono sonaba, sonaba, y sonaba.
-¡Dígame, qué quiere !
-No te alteres, Amelia. No quiero nada malo. Nada. Solo conversar contigo. Eres una mujer estupenda. Y según me dicen por ahí, muy buena conversadora.
-Déjese de halagos. No van conmigo.-
- No es un halago, es la verdad.
--Bien, muy bien, es su verdad. ¡ Y qué más quiere decir, además de su verdad !
-Serénate, Amelia. Quiero ser tu amigo.
-Amigo. Yo elijo a mis amigos y a usted no le conozco.
-Me conoces mejor que muchos, y eso de elegir a los amigos, no es del todo cierto. Todo lo elige el destino -sentenció la voz. y siguió- amores, padres, hermanos.
¿-¿Cómo dijo que se llamaba? -Dijo ella tratando de desviar la conversación para poder pensar en algo.
-Aún no te lo he dicho, Amelia. ( Por cierto, un nombre lindísimo). El mío, lo conoces si bien lo recordarás en el momento oportuno. Sólo debes pensar en ello. Y, ¡ah!,- dijo la voz. No te molestes en enviar ningún mensaje a Elena.
La cabeza de Amelia daba vueltas. ¿ Cómo había sabido que intentaba escribir un mensaje con el móvil? Estaba en el balcón. La veía pues. Escrutó los alrededores. Tiene prismáticos-pensó. Un telescopio tal vez. Era imposible distinguir nada ni a nadie entre tanta casa. Y tan dispersar en el ancho espacio.
Entretanto, la voz iba mudando de acento...¡Qué tú hases mi hija, tu amiga no pué hasé ná.
-¿Cómo? ¿Qué dice? ¿Qué amiga?
-Sí, mi linda. Yo no hago ná malo. Ya te dige, mi hermana, quiero ser tu amigo.
-Si quisieras ser mi amigo deberías presentarte como todo el mundo y sobre todo dejar de llamarme.
-Pero, mi linda, solo llamé dos veses, qué poca pasiensia me tenés.
-Cubano, argentino, ¿ es que no sabes de dónde eres?
-Soy un Mensch del mundo.
-Vale, Mensch del mundo, vas a dejar de decir tonterías y presentarte.
-Tranquila, mein Mädel, tenemos mucho tiempo para tontas nortesmericanadas. Ya tú me conoces. No tengas prisa, de poquito a poco, ¿ okay?
-¿Y ese, ese idioma que empleaste, qué significa?
-¡Ay, niña! 1Tú ya sabé. Amelie. ¿Me permites que te llame Amelie?
-¿Importa lo que permita o deje de permitir
-Pues claro, mi amiga. Todo lo que hablo, mi Amelie sabe que lo entiende.
-Yo no soy tuya ni de nadie.
-¡Sabe que sé alemán? ¿Quién demonios es este tío?-pensaba echa un lío.
Amelia calló de pronto. Estaba a punto de echarse a llorar de rabia, miedo, impotencia.
Al otro lado del hilo telefónico la voz desconocida también guardó silencio.
-Perdone, dijo Amelia haciendo un esfuerzo. Me gustaría seguir leyendo, si no le importa.
-Pues cómo no, mi linda amiga. Descansa, mi amor.
Haciendo un sobrehumano esfuerzo logró decir: gracias, y colgó.
Ni en ese día ni en los siguientes logró leer una letra más. El teléfono entretanto callaba.
El tiempo pasaba.
Si sonaba, no lo cogía. Los amigos tenían su móvil, se decía.
Amelia consultó y habló con los amigos y amigas hasta la extenuación sobre el tema de las llamadas. Con Elena, con Librada, con Daniel. En fin, con todos. Incluso con su sobrina Petra, aunque Petra, apenas le hizo caso. ¡Ay el amor! Pensaba.
En realidad, nadie había aportado nada concluyente.
-Es tu mundo paralelo, decía uno.
-Es la voz del más allá, decía otra entre divertida y seria.
Elena no sabía si reír o llorar.
¿Es que no me crees?- preguntó Amelia.
-Si tu lo dices -respondió Elena. No obstante, prosiguió- lo has oído dos veces. Solo dos veces. No veo motivo de preocupación la verdad. No te acosa, no te dice groserías. Han pasado meses y no has vuelto a saber de él. ¿No te parece raro?. Alguien con mala intención se hubiera comportado de otro modo. Hubiera insistido. En fin, Amelia, yo en tu lugar trataría de olvidarme de eso y retomaría mi vida. Los amigos están preocupados por ti. No comprenden esa insistencia tuya en seguir hablando siempre de lo mismo. No coges el teléfono, no duermes bien. No puedes seguir así, insisto. Tienes que olvidarte de ese, cómo catalogarlo. ¿Fenómeno casual?
-Sabes que cada día menos creo en las casualidades. Además tienes mi móvil. ¿Qué mal te da que no coja el fijo?.
-No me da igual, Amelia. En este caso, creo que estás exagerando. Ya sabes que, cuando te pones a imaginar...
-¿Me estás llamando loca?
-En absoluto, Amelia. Solo queremos que vuelvas a ser la de siempre.
-Tienes razón, Elena. Ha pasado mucho tiempo. La conciencia a veces- dijo como de pasada...
¿Volvería a llamar el desconocido?
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