¿Ernesto?
Tras la larga caminata se sentía verdaderamente cansada. Llegar al coche que tenía bastante lejos aparcado le resultaba una tortura de modo que decidió sentarse en algún bar de los muchos que había a lo largo del Paseo Marítimo. La pena es que no llevaba ni su block de notas ni libro alguno. Solicitar un periódico era inútil. Hacía tiempo que la mayoría de los bares no ofrecían ese servicio. Bueno, se dijo, contemplaré la belleza del mar. A lo mejor me inspiro y puedo hilvanar algunas nuevas ideas para un relato corto. Se sentó en el primero que encontró y cuando acudió una chica rubia muy atractiva y bronceada le pidió una cerveza.
Botellín o caña?
Perdona, una caña. Con esta temperatura...
Sí, sí, dijo la chica con retintín.
¿Qué pasará por la cabeza de esta gente se preguntó Amelia. Y enfrascándose en el brillar de las estrellas acuáticas se olvidó de la rubia.
No había pasado mucho tiempo cuando una voz masculina sonó a su espalda.
¿Me permite?
Amelia alzó la cabeza. Un hombre de indefinible edad con un cierto aire mundano la miraba amablemente y haciendo un gesto indicó la intención de tomar asiento a su lado.
Por favor. Toda suya. Me refiero a la silla.
Muy agradecido. Está todo ocupado. Pero no es sólo por eso. Su compañía me inspira confianza y, sin querer ser demasiado atrevido, presiento una amigable conversación.
Amelia se sonrió algo turbada para añadir, es mucho suponer, ¿no cree?
Mi nombre es Ernesto.
Amelia.
Llegó la rubia que desecha en mieles y sonrisas preguntó a Ernesto qué deseaba tomar.
Lo mismo, dijo señalando con un dedo la caña de Amelia.
Se la traigo enseguida. Gracias.
Amelia no pudo evitar una risa sonora.
¿Puedo preguntar por qué se ríe? Y de paso ¿Podemos tutearnos?. Se me hace raro tratarnos con tanta ceremonia.
No tengo inconveniente, de hecho suelo usar el tuteo salvo con gente mayor hasta que proponen el tú.
Entonces encantado, Amelia. ¿Y?
Ah,¿ te refieres a la amabilidad de la camarera?
Bueno, si es eso...
Tiene su explicación. A mi no me ha tratado con tanta cortesía al pedir mi caña. Y volvió a sonreír.
Bueno, esas cosas ocurren. Solemos ser selectivos.
Creo que es más bien cuestión de géneros.
Si tú lo dices.
No lo digo yo, lo ha manifestado ella. ¿De dónde eres Ernesto? No pareces de aquí.
Pues soy de aquí, quiero decir de Andalucía, pero mis viajes por el mundo tal vez hayan influido en mi acento. Pero tú tampoco pareces andaluza.
Bueno, eso depende. Suelo mimetizar el tono del interlocutor. No lo puedo evitar. Además no se trata de emular a nadie. Es como un contagio. Dicho de otro modo, me adapto al que me habla.
Me ha quedada claro. A decir verdad, a mi me ocurre un poco lo mismo.
Vaya, no somos nada especiales. Basta compartir ideas para darnos cuenta de que no estamos solos con nuestras peculiaridades.
Muy cierto, Amelia. Ya me pareció que no había de aburrirme con tu conversación.
Es mucho decir, apenas han pasado unos minutos.
¿Tu crees? dijo divertido Ernesto.
Amelia miró el reloj.
Madre mía. He de irme. Lo siento.
¿Permites que te invite?
Prefiero que no.
Bueno, seguro que volveremos a vernos. Aquí tienes mi tarjeta.
Lamento decirte que no tengo hoy ninguna. Otro día será.
Que le vamos a hacer. Podríamos quedar. ¿Qué tal el viernes aquí mismo? A la una. ¿Es buena hora?
Lo pensaré, pero ahora he de irme. Adiós
Adiós, Amelia. Piénsalo.
De acuerdo, vendré.
Aquí estaré.
Ernesto se sentó de nuevo mientras ella ya recuperada del cansancio puso rumbo al coche. En cierto modo se sentía molesta con Ernesto. No había hecho intención de acompañarla. ¡Hombres!
Al llegar a casa se relajó y puso música como solía hacer. La trompeta de una pieza de jazz la envolvió en sus pensamientos que se dejaron arrastrar por el sonido.
Qué hermosura, qué placer. Sin embargo, una cuestión había comenzado a rondar por su mente, que aún no deseando que tomase forma no dejaba de darle vueltas. Al fin se atrevió a preguntarse en voz alta ¿y si el tal Ernesto no es otro que Juan de la Marea? Cuando dijo que había estado fuera, que le parecía una buena conversadora. Creo recordar que eran idénticas palabras a las que empleaba Juan de la Marea. Ya entonces el apellido sonaba extraño. De la Marea. No sé, no sé. En principio he dicho que iría pero era por dejar la conversación con elegancia. ¿Y desde cuándo me importa a mí la elegancia? ¡Menudo embrollo!. No le conozco de nada. Si no fuera por este run, run en mi testa. Desde luego no era mal parecido. ¡Quieta, parada!, Amelia.
La verdad es que ya estaba pensando en acudir el viernes. ¡Madre mía!, hoy es Viernes, todavía falta una semana. Se lo tengo que contar a Elena a ver que opina. Claro que cuánto más lo pienso. ¡Eres incorregible, Amelia, ¡escucha la música y déjate de monsergas!. Pero sacó la tarjeta del bolso y leyó Ernesto Varea, y un número de teléfono que marcó. No acudió nadie. No estaba en casa.
La semana se le hizo interminable. Elena también sospechaba lo mismo. Muchas coincidencias. La nueva llamada tras tanto tiempo, las mismas palabras, incluso el hecho de viajar, y sobre todo el tono, los tonos que Juan empleaba.
Sin darse cuenta, Amelia hablaba de Juan como de alguien que perteneciera ya a su vida. ¿o sería en realidad, Ernesto?
Llegó el Viernes y Amelia telefoneó.
Hallo, Amelia.
Sí, ¿Ernesto?
¡Quién si no? Qué bueno que llamaste. Vendrás.
Sí, pero lamento no poder ser puntual. Tardaré un poco.
No importa, esperaré.
Gracias, hasta luego.
A ti, me alegro que vengas.
Cuando llegó se halló el sitio vacío. La camarera se acercó a ella con una sonrisa más propia de Maléfica que de una simple camarera y le entregó una nota en la que leyó: un conflicto en el trabajo me impide cumplir con nuestro encuentro. Lo siento mucho. Te llamaré. Fdo. Ernesto Varea.
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