Unilandia

 Despertar con un rostro desconocido justo encima del tuyo no es un grato despertar. Si además viste con una especie de uniforme rojo brillante ¿Cómo reaccionarías tú, lectora, lector?
Amelia cerró los ojos de nuevo pero la respiración del desconocido le indicaba que seguía allí, de modo que no tuvo más remedio que volverlos a abrir.
-Despierta, Amelia. Se hace tarde. El rey y la reina nos aguardan.
-Yo no tengo rey, ni reina.
-Todos tenemos un rey y una reina en nuestro corazón, Amelia.
-No iré a ningún sitio y menos todavía con un desconocido.
-Ya sabrás quién soy a su debido tiempo. Ahora levántate y sígueme.
-Primero me ducho, desayuno y después...No terminó de hablar. Al levantarse vio que vestía un uniforme igual al del desconocido pero de color malva. Calzaba zapatos beige, idénticos a los de él, si bien los suyos de un inefable color azul marino.
Bajaron la escalera y él la invitó a salir primero.
-Qué galante, dijo Amelia con ironía.
-Aprovechemos que la calle está desierta y asió su mano. 
Se encontraban en un espacio increíble junto a un lago color naranja como cuando se pone el sol sobre el agua, solo que no había sol. Miró en derredor, todos los colores que veía eran tan extraordinarios como jamás los había contemplado. Hasta los uniformes había cambiado de color. Ya no eran tan brillantes ni chillones. Toda aquella "irrealidad" le hacían sentirse liviana. Respiraba sin dificultad. Atónita contempló como una comitiva de seres diminutos -como ellos mismos- se acercaban.
El desconocido hincó rodilla en tierra y saludo, majestad...Instintivamente, ella hizo una graciosa reverencia.
El que parecía más principal dijo, Mistín, levántate, por favor. Y se dirigió  a Amelia para decir, gracias por venir, Amelia. Y ahora  dejémonos de protocolos y vayamos a un sitio más seguro y acogedor. Todos se dieron la mano y se encontraron en una sala de enormes dimensiones y rodeados de seres tan grandes que a Amelia le parecieron jugadores de baloncesto pero de una armonía corporal y facial de cuento de hadas. Todos medían igual. También ella. 
-Venid, dijo el principal, y se acercaron a una dama bellísima que sonrió feliz al verlos.
-Por fin, bienvenida de nuevo dijo Menón pues así se llamaba aquella señora. Estoy segura que aún no os habéis presentado, y añadió, mi nombre es Menón, y estos son Menín mi esposo y Mistín tu guía y nuestro amigo y compañero. Vayamos a comer algo, estaréis hambrientos.
Se sentaron a una mesa de proporciones gigantescas. comieron, bebieron y disfrutaron a placer.
En realidad aquí no hay ni rey ni reina ni súbditos,  dijo Menín, son formas que adoptamos al igual que nos hacemos diminutos para salir al siempre incierto exterior. Nunca se sabe, añadió.. Así somos menos visibles. Somos como un sólo cuerpo con multitud de cabezas, apuntó Menón.Y ahora debes perdonarnos por el modo de traerte a nuestro mundo. Pero te echábamos tanto de menos..
Antes estas palabras el resto asintió con la cabeza. Suele ocurrir que os olvidéis de nosotros y de vuestras lecturas infantiles.
-Oh, sí, y eso nos entristece porque con vuestra fantasía nos dais vida.
-No sois muchos, y a medida que pasa el tiempo vais quedando menos. Por eso eres una de los elegidos.
-Vuestro consciente flaquea y añoráis la niñez.  Y así se iban alternando en sus exposiciones.
En ese momento se abrieron las puertas y un grupo de niños irrumpió en la estancia. Una niña se destacó de entre ellos y se dirigió directamente a Amelia que atónita se bajó de la silla y abrazó a la niña. Se había convertido a sí misma en una nena. Ana Lidia, dijo Amelia, Amelia dijo Ana Lidia loca de contento. No podían separarse.
El tiempo pasó como suele pasar en los sueños. Todos reían, bailaban jugaban mientras los habitantes de Unilandia disfrutaban a la par inventado cuentos y aventuras sin fin.
Una noche mientras alguno de aquellos personajes contaba un cuento como solían y según la inspiración de cada uno,  dijo como de paso: niños y niñas, se acerca la hora.
Los mayores asintieron con la cabeza apesadumbrados. Y la voz añadió, debéis elegir entre marcharos o quedaros.
-Bueno, dijo Menón, en realidad no tenéis opción. Habréis de regresar, pero no ahora.
Algo cabizbajos contemplaron todos aquellas enormes estrellas que brillaban de un modo que no recordaban. Algo después se fueron yendo a sus respectivos dormitorios. Ana Lidia y Amelia compartían el suyo. Aún hablaron mucho tiempo hasta que sus ojos se cerraron.
¿Al día siguiente?
Amelia despertó en su cama con una sonrisa de oreja a oreja. Estaba de nuevo en casa.
Al menos, << querida Ana Lidia, he tenido la oportunidad de abrazarte en sueños>>.
Ni ella ni amigos de la infancia habían conseguido nunca jamás y a pesar de todos los intentos, saber nada de  Ana Lidia, ni siquiera otra amiga tan cercana como había sido María Paz.

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