El tropiezo
Caminaba algo meditabunda por el Paseo Marítimo echando de menos los cascos del móvil que había olvidado en casa. Era el mejor invento del mundo para no tener que pensar al menos durante aquel largo paseo y despreocuparse de sí misma y de su entorno. Le pesaba esa asignatura pendiente de los soliloquios sobre lo que había dicho o hecho o debía haber dicho y hecho. Aquella mente suya no la dejaba en paz nunca para bien y para mal. Hiciera lo que hiciese, era incapaz de frenar aquella cabeza que inventaba diálogos que nunca pondría en práctica. Contempló aquél mar plácido y quieto, tan indiferente ante todo lo que al ser humano parecía importar...
El hombre casi se le echó encima. Esbozó un <perdone> y continuó su carrera como si le persiguieran mil diablos. Apenas había desaparecido de su vista cuando otros dos hombres corrían en idéntica dirección del joven que casi la atropella. <<Menuda mañana. ¿Dónde va la gente con tanta prisa?>>. Y siguió su paseo junto al mar. No sabría decir en qué momento comenzó a elevarse una densa bruma por el horizonte hasta que comenzó a sentir cómo, aquella niebla, se le colaba por los huesos. La recorrió un escalofrío por la espalda. <<También es mala pata>>-se dijo. Había quedado en comer con Librada cuando esta cerrase la tienda e ir al cine después, pero esta humedad le afectaba demasiado y no quería arriesgarse así que buscó el móvil y marcó el número de Librada. Después encaminó sus pasos hacia el coche. Media hora después abría la puerta de casa. Se cambió de ropa y de calzado y se dispuso a preparar algo ligero de comer. Se sirvió una copa de vino y puso la mesa. Buscó el mando a distancia y la radio comenzó a sonar. Noche en los jardines de España llenó el espacio de su apartamento. Poco después comía. Se sonrió, le había venido a la cabeza una frase de su prima Leli: "quién no se conforma es porque no quiere". Muy sabia Leli- pensó. Luego comió y sesteó.
Le pareció oír el timbre de la puerta. El sol lanzaba sus últimos rayos por poniente. >>Pues sí que he dormido contra mi costumbre>>. El timbre sonó de nuevo. <<Ya decía yo que había oído algo>>. Pensó y dirigiéndose a la puerta la abrió quedándose boquiabierta. "Ojiplática" como decía su amiga Angela, lo que la hizo reír, para seguidamente muy seria preguntar: Pero, ¿Qué diablos hace usted aquí¿. El joven que casi la tira en el Paseo estaba al otro lado. Amelia, pues que no de otra se trataba, intentó cerrar la puerta pero el joven adelantando un brazo se lo impidió.
-Por favor, por favor Sra. no cierre, necesito hablar con usted solo un minuto.
-Pero yo no con usted, así que si me permite...
-Señora, se lo ruego, usted tiene algo que me pertenece. Algo que es cuestión de vida o muerte.
-Qué desfachatez. ¿Me está llamando ladrona? Pero algo en la mirada del joven hizo que se ablandara un poco. El joven prosiguió.
-Mi nombre es Javier Chamorro e investigo algo en la universidad de Málaga. Algo que tiene usted,
. Se, se lo dejé en su bolso esta mañana -dijo tartamudeando.. Me jugaba mucho -continuó sin pausa, y no tuve opción, pero por favor, déjeme entrar, las paredes oyen. Amelia accedió a darle paso entre dudosa y curiosa.
-Pasa. Voy a a buscar mi bolso. Volvió y vació el contenido del mismo sobre una mesa. No veo nada de de lo que me dices.
-Lo raro sería que lo viera entre tanta cosa. Y alargando la mano cogió una especie de cajita metálica entre aquél revoltijo.
-¿Para qué sirve?
-Si le soy sincero, aún no he descubierto todas sus capacidades y muchas son las que he comprobado. Las suficientes para que algunos gobiernos se interesen por esto. Y más que se unirán para arrebatármelo.
-¿Por eso corrías de aquellos dos hombres?
-Así es. Eran ingleses, pero vendrán estadounidenses, chinos, japoneses. Tengo que ponerlo y ponerme a salvo.
-Amelia,, mi nombre es Amelia, y me caen mal los ingleses, y todo esto resulta muy extraño.
-añadió. ¿Quién me dice que no es justo al revés, que no eres tú el ladrón? ¿Y cómo sabes dónde vivo? ¿Por qué a mí?.
-Es sencillo Amelia, la he seguido y en segundo lugar, he tenido la sensación de que en sus manos la cajita estaba segura.
-Y todo este tiempo donde has estado.
-Escondido, asegurándome que nadie me seguía. Confíe en mi. Y con un movimiento imperceptible tiró la cajita que se elevó en el aire y comenzando a girar despidió unos rayos de luz tan blancos que Amelia tuvo que proteger los ojos con las manos. Javier hizo otro movimiento y la cajita regresó a sus manos.
-¿Qué ha sido eso?
-Es robótica, Amelia, robótica. Se necesita mucho tiempo para explicarle y no dispongo de él. Le diré que no es peligrosa, y añadió- solo hace que determinadas personas, imaginativas y sensibles obtengan una vida mejor. Pero hay muchas más cosas que son hasta para mi difíciles de comprender y como creo haberle dicho, aún queda mucho por descubrir. Cuando la cajita esté a salvo volveré a visitarla, se lo prometo. No puedo dejarle más información. Mire mi tarjeta: Javier Chamorro, investigador de Robótica y Mecánica de fluidos. Universidad de Málaga.
¿Y los fluidos, qué tienen que ver con el metal?
-Sería muy largo de explicar. Hay que saber matemáticas...
-Ni una palabra más. Cortó le cortó Amelia en seco. No tengo ni idea de mates ni de robótica, ni de ciencia alguna.
-Javier no tuvo más remedio que sonreír ante tanta sinceridad.
-Gracias, Amelia, le agradezco la confianza que ha depositado en mí. Volveré a verla. Y ahora, he de irme. ¿Hay otra salida? Es por seguridad.
-Y hasta tres, dijo Claudia explicando las diferentes opciones.
Se despidieron ambos con la sensación de conocerse desde siempre.
Los días pasaron con la dulce y habitual monotonía y una salvedad. Todas las las noches, cada noche sin faltar ni una, Amelia soñaba cada sueño que nunca había olvidado y otros nuevos.. Con la diferencia de que era consciente del cambio que se había efectuado en ellos. Los más dolorosos se habían transformado en beatíficos y maravillosos. Nadie sufría, nadie se dolía de nada. Tampoco ella, así que anhelaba que llegase la hora del sueño. Se sentía dichosa mientras dormía. Viajó por todo el mundo descubriendo a todos aquellos seres que desprendían una luz muy blanca, como aquella que emitió la cajita de metal, e iban creciendo en cantidad. Había muchos y hablaban entre sí comprendiendo cada palabra de los más variados idiomas del mundo, comprendiendo a cada uno de ellos. Daba igual en India que en Brasil, en África o en Oceanía. Todos se entendían y se querían. El mundo era bueno. O la mayor parte de él.
Nunca le habían gustado los periódicos. Prefería los libros. Pero necesitaba saber qué había sido de Javier, y un día, no sabía cuanto tiempo había trascurrido, leyó que un investigador de la Universidad malacitana había hecho un descubrimiento que ayudaría a la humanidad sin que Amelia comprendiera ni una palabra de lo que Javier manifestaba ni del método que usaba para ello. Lo que sí entendió era que mencionara a una tal Amelia que le había ayudado a completar su proyecto. Amelia se hinchó como un pavo real. Aquél Javierillo - pensó divertida.
Dos días después un enorme ramo de flores cubría la mirilla del apartamento de Amelia impidiéndole ver a in Javier que oculto tras el ramo cumplía su promesa de volver a verla.
Javier se marcho al Japón para continuar investigando las posibilidades de aquella cajita metálica que proyectaba una luz benefactora para los seres imaginativos y sensibles a la desgracia de otros muchos seres que poblaban el ancho mundo.
El tropiezo había dado como fruto, una amistad que perduró mientras vivieron.
"Nadie puede
abrir semillas
en el corazón del tiempo...
Y en ese instante despertó
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