Un día raro
Calzaba unos zapatos transparentes y abiertos por delante y por detrás, dejando asomar unos dedos perfectos lacados de rojo rabioso que le daban un aspecto de elegante despreocupación. El caminar firme y al mismo tiempo sinuoso hacían pensar en una mujer segura de sí misma. Nada más lejos de la realidad. Y si acaparaba las miradas vidriosas de los hombres, le creaban una sensación de asco, miedo y perplejidad. ¿Por qué la miraban? No era bella.
Se dirigió al ascensor del hotel con una mirada altiva y obviando al ascensorista apretó el botón del cuarto piso adelantándose al gesto del botones.
-No era necesario señorita-dijo el botones. Un muchacho joven y bien puesto al que favorecía mucho el uniforme.-Sí, creo que sí era necesario respondió ella y añadió, no s necesario el que usted se ocupe de tareas que podemos realizar por nosotros mismos. Y lo digo,- continuó-porque le respetoa usted.
El muchacho no supo que contestar o quizás se lo guardara para el.
Cuando la señorita se bajó del ascensor saludó al botones con su mejor sonrisa y extendió la mano para apretar la del botones con firme calidez. Esta vez el muchacho sólo supo decir un tímido,-adiós señorita.
-Que tenga una buena jornada dijo ella sonriendo aún.
Sacó la llave de su habitación. La puerta estaba abierta. Creyó reconocer avarios vecinos de su casa en el pasillo que la saludaron entre sonrisas.
¿En su casa? ¡Sí en su casa! Y además dentro la esperaban dos ¿vecinas? cuyos nombres desconocía.
¿Qué ha pasado? se preguntó. ¿Cómo es que estoy en casa y porqué están estas mujeres en mi casa? ¿Quién les ha dado la llave, y quién les dio permiso para entrar?.
Ni siquieran eran personas cercanas. Ni la saludaban cuando se cruzaban con ella y eso a pesar que cada año por Navidad colgaba de sus puertas una felicitación.
-Qué estaba pasando, se repitió. Yo no debía estar en casa. Estoy alojada en un hotel al otro extremo del país.
Quiso reprobar a las vecinas su intrusión, pero las sonrisas de ambas y sus manos extendidas hacia ella la desarmaron.
Y si a ellas les está ocurriendo lo mismo-pensó mientras se dejaba coger las manos temblorosas e intentaba ocultar su asombro. No comprendía nada.
Las mujeres entretanto, la sentaron en un sillón mientras ellas se acoplaban en el sofá sin parar de cacarear.
Con un extraordinario esfuerzo trató de sonreír.
Cuando se levanto del sillón ellas acudieron amorosas haciéndola desistir de ello con las siguientes palabras: tú no te muevas. Pide lo que necesites y nosotras te lo traeremos. Debes descansar después de tu intervención.
¿Intervención? ¿A qué se referían? Ella estaba como una pera.
Poco después de salir una de ellas, volvió con una taza de té humeante.
-Te sentará bien -dijo dándole la taza ¿ verdad Susana?
-Claro que sí, Alba.
Así que se llamaban Susana y Alba. Nunca oyo esos nombres en ninguna junta de vecinos, aunque a decir verdad, acudía a pocas.
Cuando se levantó del sillón Susana y Alba dijeron al unísono ¿dónde vas Amelia?
-Quiero ir al baño, contestó con apenas un susurro.
-Permite que Alba te muestre dónde está.
-Gracias, respondió sin atreverse a decir que sabia donde estaba.
-Acompáñame, por favor, dijo Alba.
Amelia la siguió en silencio.
Salieron del salón y Amelia comprendió que aquél lugar le resultaba extraño, lo que se confirmó cuando penetró en el cuarto de baño.
Éste no es mi baño, ni el baño del hotel. Pero entonces, dónde estoy...
Se miró en el espejo. Frete a ella una hermosa mujer la miraba sonriente.
-Sí, le dijo la imagen. Eres tú Amelia. Y estás en casa.
Se contempló unos momentos de arriba abajo. Ya no llevaba aquellos zapatos transparentes que en verdad nunca hubiera calzado. Ella solía usar siempre zapatos de salón, nunca sandalias ni similares.
También había cambiado su ropa y hasta su peinado como por arte de magia por no decir que, la persona del espejo, le parecía muy guapa. Se quedó mirándola. Algo familiar en los ojos de la mujer le hizo pensar en los suyos. Sí, parecían sus mismos ojos.
-Mamá, ¿Mamá? repitió con apenas voz. ¿Estoy muerta?
-Estás viva, nena.
-Mamá, es que soy tu viva imagen, mamá.
-Si Amelia, así es. Nunca quisiste reconocerlo.
-Entonces, mamá, ¿estoy soñando?
-Sí, hija, sí, así se podría decir.
Un extraño ruido la sacó de su ensimismamiento.
Estaba en su cama y seguía repitiendo, musitando, mamá, mamá, mi querido fantasmita. Tal y como la saludaba muchas noches antes de dormirse.
Un relato inquietante...como el efecto de una china en el estanque, deja una onda interna que perturba lo que creíamos ser y que finalmente acaba desvelando con el paso del tiempo, aquello de lo que andaba huyendo me persigue como una sombra, como un fantasma que acabo siendo yo.
ResponderEliminarUn texto que como las buenas películas de cine negro, ya no podemos soltar en cuanto leemos la primera linea, mantiene intriga y emoción de una manera rítmica y envolvente.
Enhorabuena!!!