No todo es fiesta
Salió del coma ante el asombro de los profesionales y de los suyos. Ya resignados.
Pero aprovecharon para llevarlo a casa. Lo que tuviera que suceder sería allí, en casa, con su mujer y sus hijos. Los profesionales se mostraron compresivos.
Salió sentado en la camilla, y dando órdenes para encontrar la salida.
Ya en casa, pedía algún que otro bolero a la hija.
-Papá, no soy una radio-decía ella.
Tú cántame un bolero. Insistía el padre.
Y con el corazón encogido, la hija cantaba.
Los dolores de él eran inimaginables. Sin paliativos para un cáncer de próstata. Entonces.
(Los tiempos pasados nunca fueron mejores aunque nuestra memoria recupere los momentos más gratos. Pero los dolorosos también son buenos de recordar, porque tristemente nos enseñan mejor a comprender la vida a grosso modo y sus vaivenes).
Serían las dos de la mañana y en un turno que le tocó a la hija, él le dijo: tráeme un café.
Papá, son las dos de la madrugada, tú no necesitas un café.
Ël respondió: ¡qué sabes tú lo que yo necesito!
A la noche siguiente, de madrugada expiró. Se fue.
La hija nunca olvidaría aquellas palabras.
¡Qué sabes tú lo que yo necesito!
Pero aprovecharon para llevarlo a casa. Lo que tuviera que suceder sería allí, en casa, con su mujer y sus hijos. Los profesionales se mostraron compresivos.
Salió sentado en la camilla, y dando órdenes para encontrar la salida.
Ya en casa, pedía algún que otro bolero a la hija.
-Papá, no soy una radio-decía ella.
Tú cántame un bolero. Insistía el padre.
Y con el corazón encogido, la hija cantaba.
Los dolores de él eran inimaginables. Sin paliativos para un cáncer de próstata. Entonces.
(Los tiempos pasados nunca fueron mejores aunque nuestra memoria recupere los momentos más gratos. Pero los dolorosos también son buenos de recordar, porque tristemente nos enseñan mejor a comprender la vida a grosso modo y sus vaivenes).
Serían las dos de la mañana y en un turno que le tocó a la hija, él le dijo: tráeme un café.
Papá, son las dos de la madrugada, tú no necesitas un café.
Ël respondió: ¡qué sabes tú lo que yo necesito!
A la noche siguiente, de madrugada expiró. Se fue.
La hija nunca olvidaría aquellas palabras.
¡Qué sabes tú lo que yo necesito!
Comentarios
Publicar un comentario