Del día a día o dicho de otro modo

Estoy sentada en una cómoda butaca escribiendo. Quizás sería mejor decir, tratando de exorcizar pena, e impotencia,  rabia incontenible cuando pienso, en lo que unos pocos son capaces de hacer padecer a muchos. Y tiemblo, sí, tiemblo de rabia sin dejar por ello de sentirme incapaz de hacer nada, ya hasta me pregunto porqué me daño yo misma con estos pensamientos.
Se que dentro de un breve lapsus de tiempo, todo volverá a la "normalidad," a la monotonía de los días mirando al mar como hago en estos momentos.  Basta con retirar la vista de la pantalla para llenarme los ojos de cielo y mar. De,  de dos azules. Uno casi violeta, el del mar. Y celeste el éter, aunque la palabra éter ya esté en desuso como tantas y tantas otras en esa mutación física que reza, "nada se pierde todo se transforma."
Si alguien pasa sus ojos por estas lineas se dirá qué cómo es posible; qué cómo es posible que mirando al mar desde una cómoda butaca una pueda sentirse así.
Y yo, yo¡ le respondería, incluso con un deje de desprecio en la voz, ¡ja! que por la sencilla razón de que sólo soy un diminuto ser humano lleno de contradicciones. Que lo mismo ensalza la vida que la denigra, que ríe a carcajadas y llora a torrentes, que se enamora perdidamente y odia a los seres que ama con idéntica fuerza. Que a pesar de hablar de grises, no existen en mi vida, que ese color no entra en el diccionario de mis deseos. Y que casi nunca aparece salvo en ese techo que dicen algunos que nos protege, pero que con igual intensidad nos amenaza y hasta nos mata. Ese celeste inocente y pálido,  que hoy nos mira,  quién sabe si no es con una cierta maliciosa sonrisa.
Es posible que la denominación de humanos sea sólo una palabras más para considerarnos especiales en el maremágnum de una naturaleza inmensa, salvaje e indomable.
¡Pero, quién soy yo para plantearse nada!

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